Resulta sorprendente pensar en un mundo anterior al nuestro, justito en cuanto a tecnología pero con indudable hambre de conocimiento. El mundo científico de 1761 era muy diferente al actual, la astronomía era una ciencia aún en pañales pero que trataba ávidamente de ponerse a la altura de los avances que había impulsado Isaac Newton a través de su obra "Principios matemáticos de filosofía natural". Una de las grandes cuestiones a resolver era la distancia que separaba a la Tierra del Sol y del resto de planetas del sistema solar.
Edmund Halley, que pasó a la Historia por (entre otras muchas cosas bastante más importantes) darle nombre al famoso cometa, teorizó que, si durante el paso del planeta Venus por delante del Sol, se medía el tránsito desde diferentes lugares del planeta, se podrían usar los principios matemáticos de la triangulación para averiguar la distancia entre la Tierra y el Sol y posteriormente entre los otros planetas. Halley murió sin poder demostrar su teoría ya que estos "tránsitos de Venus" son un fenómeno irregular que ocurre en parejas durante ocho años y luego no se repiten en más de un siglo. La cuestión, y el origen de este post, es lo que ocurrió en el año 1761, durante el nuevo tránsito de Venus.
Porque ésta vez la comunidad científica estaba más que preparada. De hecho, fue la primera empresa científica internacional. Numerosos científicos de todo el mundo partieron a los rincones más diversos del planeta (Siberia, China, Sudamérica, Indonesia, etc), países como Francia o Inglaterra lideraron las expediciones simultáneas, pero también colaboraron Suecia, Rusia, Alemania y otros países. Cada científico partió hacia una zona concreta con la misión de medir el tránsito de Venus por delante del Sol.
Se podría decir que fue también el primer pequeño gran desastre conjunto del mundo científico.
Empecemos por los numerosos pardillos que llegaron a su destino y abrieron sus baúles para encontrar los instrumentos completamente destrozados por los vaivenes del viaje. Esos al menos llegaron a su destino, otros tantos se quedaron a mitad de camino tratando de sortear guerras y enfermedades (estamos en el siglo XVIII por si alguien lo ha olvidado). El científico Jean Chappe atravesó toda Siberia a bordo de caballos, trineos, trenes o lo que hiciera falta, protegiendo escrupulosamente su material de medición. Cuando llegó a su destino, unas lluvias fluviales exageradamente intensas le impidieron cruzar al punto concreto donde debía realizar la medición. Imaginaos lo que pensaron los habitantes de la zona cuando le vieron utilizar sus instrumentos apuntando hacia el cielo mientras caían unas inexplicables lluvias torrenciales.... Gracias a dios, corría más que los habitantes de la zona.
No fue nada si lo comparamos con el francés Guilliame Le Gentil, que, a pesar de salir de su país con un año de antelación en dirección a la India para llegar holgado de tiempo, acabó presenciando el tránsito desde alta mar, en un barco (el peor sitio posible para la medición, lo que haría inútiles sus datos). Le Gentil, sin dejarse sucumbir por el desánimo, decidió esperarse en la India al siguiente tránsito, ocho años más tarde. Ésta vez sí, con tiempo suficiente, preparó todo lo necesario para realizar las mediciones en las mejores condiciones posibles. Cuando llegó el gran momento, el 4 de junio de 1769, Le Gentil, optimista por el buen tiempo que se advertía desde su ventana, pudo comprobar con cierto asombro como una nube solitaria se colocaba delante del Sol durante las más de tres horas que duró el acontecimiento. Con un evidente nivel de mosqueo, imagino, Le Gentil empaquetó y volvió a su país natal, pero por el camino contrajo disentería y pasó un año entero en la cama. Pasado ese tiempo embarcó, pero un huracán estuvo a punto de hacerle naufragar... al llegar a Francia, más de once años después de su partida, se encontró con que sus parientes le habían dado por muerto y se habían dedicado a gastarse todo su dinero. Menuda cara se les debió quedar al verle entrar por la puerta...
El talante colaborador que existía entre el gremio de científicos a nivel mundial no se extendía entre los políticos que acostumbraban a entrar en guerra día sí día no. Charles Mason (no confundir con Charles Manson por dios) y Jeremiah Dixon tuvieron que padecer el ataque de un barco francés mientras se encaminaban a Sumatra para realizar sus mediciones. Algo acongojados, enviaron una nota a la Real Sociedad (que se encargaba de sufragar toda la empresa) diciendo que, bueno, que habían cogido un barco y que, vaya, que el tema parecía peliagudo, y que casi mejor, si no les importaba mucho abortar la misión y tal. La Real sociedad les contestó que de qué iban, que ya habían pagado sus honorarios y que ni se les ocurriese dar marcha atrás, que una fragata llena de franceses cabreados no era motivo suficiente y que eran unos nenazas. Algo timoratos, Mason y Dixon continuaron adelante sólo para comprobar que Sumatra había sido tomada por Francia, con lo que observaron el tránsito desde algún punto del cabo de Nueva Esperanza, sin llegar a ningún dato útil. Volviendo a Inglaterra, conocieron a otro científico, Neville Maskelyne, que tampoco había podido realizar sus mediciones por culpa de las lluvias.
La historia de esta empresa podría acabar aquí, cuando la Real Sociedad se dio cuenta de que ninguna de las pocas medidas que habían podido realizarse ofrecía dato de interés alguno (al parecer algunos datos no sólo no eran compatibles sino que incluso se contradecían unos a otros)... sin embargo podríamos añadir que Mason y Dixon pasaron los siguientes cuatro años cartografiando más de 392 kilómetros de bosques en el centro de Estados Unidos cuyo resultado acabó siendo conocido como la linea Mason-Dixon que terminó por convertirse en la frontera simbólica entre los estados esclavistas y los estados libres... pero que también es el nombre del boxeador al que se enfrenta Rocky Balboa en su última película. Además Maskelyne y Mason entablaron una sólida amistad que les llevó a colaborar en la medición de una montaña situada en las highlands de Escocia central, llamada Schiehallion, cuyas dimensiones, extrapoladas en un complejo experimento de deflexión gravitatoria (sic), acabarían por dar como resultado la masa total del planeta Tierra, algo que inquietaba a los científicos de la época tanto o más que la distancia entre la Tierra y el Sol. Pero esa es otra historia.
Finalmente, durante el tránsito de 1769, un capitán de barco llamado James Cook consiguió unos datos suficientes para que, a su vuelta de cartografiar y reclamar Australia para la corona británica, el astrónomo francés Joseph Lalande estableciese la distancia entre el Sol y la Tierra en unos miserables 150 millones de kilómetros. Y ese dato sólo ha podido mejorarse en apenas unos décimales en los doscientos cuarenta años que han transcurrido desde entonces. Ahí lo llevas...
