La Coctelera

Categoría: Yo, mí, myself...

Redacción con castigo al fondo

Posteado por: The Devil Rules the World el 25 oct En: Yo, mí, myself... - 9 comentarios

Cuando estaba en cuarto de EGB (nueve añitos) era un crío algo resabiado. La diferencia de edad con mis hermanos (quince, diez y ocho años, respectivamente) me hacía pasarme la vida rodeado de gente adulta que lanzaba ideas y conceptos al aire y que mi mente observadora cazaba y asimiliba (o trataba de hacerlo), con lo que cuando me reunía con mis congéneres de edad, siempre era yo el que tenía la última palabra en cuestiones vitales (y sobre todo, cinematográficas). Si recordáis un poco lo que era tener nueve años... bueno, digamos que tu grado de concentración es limitado, que siempre estás haciendo el cafre y/o el payaso y que lo que más te gusta es llamar la atención de los demás.

Un día, estábamos en clase y nuestra profesora Juani (menuda caña me dio con las sumas y las restas), nos mandó una redacción para la clase de religión (colegio católico, claro): "¿Cómo sería Jesucristo si tuviera una profesión hoy día?". Inquietante, lo sé. Andaba yo devanándome los sesos, cuando Juani aparece por la puerta con un chico de otra clase. Un chico mayor, supongo que iría a octavo, o incluso a BUP (en aquella época, a partir de octavo todos nos parecían gigantes). Al parecer, lo había sacado de su clase para castigarle metiéndole en la nuestra. Aún hoy, el castigo me sigue pareciendo escalofriante, cruél y retorcido a partes iguales.

El chico se sienta justo enfrente mío con una cara de asco insondable. Naturalmente, según sale Juani por la puerta, todos mis compañeros empiezan a hacer el cafre y a tratar de llamar su atención, o a tratar de putearle, o incluso a ponerle ojitos (algunas niñas). Un compañero mío se le acerca señalándome y le dice:

-Ten cuidado, ¡¡que este tío está como una cabra!!

Lo que pasa, es que a mi me gustaban un par de chicas de la clase. Y como no era guapete, tenía que conquistarlas con medios mucho más elementales. O sea, haciendo el idiota. Lo que hacía que se partieran de risa y que el resto de la clase pensara que yo hacía esas cosas de serie.

Según pasaba el tiempo, el chico lo pasaba peor. Mis compañeros se cebaban en él, y yo le miraba con gesto conciliador, comprendiendo perfectamente la tortura a la que estaba siendo sometido.

- Vaya putada (no creo que usara la palabra "putada", pero no se me ocurre otra) ¿no?
- Esto es un asco.
- No les hagas mucho caso.
- ¿Qué estás haciendo?
- Una redacción.
- ¿Sobre qué?
- Tenemos que describir como sería Jesucristo si tuviera un trabajo en la actualidad.
- ¿Y qué trabajo le has puesto?
- Jugador de baloncesto.
- ¿Jugador de baloncesto?
- Me gusta el baloncesto.
- ¿Y cómo crees que sería Jesucristo si jugara al baloncesto?
- Bueno, pienso que jugaría en el Real Madrid porque es mi equipo.
- Ya.
- Y que haría unos mates espectaculares, y que daría unas asistencias de morirse, que no sería individuaista y siempre buscaría a sus compañeros...
- Claro.
- ¿Qué pasa?
- Pero tienes que pensar en lo que aportaría Jesucristo al mundo del baloncesto.
- ...
- Cómo se lo disputarían los equipos, cuánto costaría ficharle, si la NBA se interesera por él...
- ...
- Oye, ¿por qué dicen que estás como una cabra si eres el único que parece cuerdo por aquí?
- Exacto.
- ...

Y eso pasó.

Recuerdo mi dibujo de Jesucristo, con pelo largo y perilla, camiseta del Real Madrid de baloncesto y machacando en una canasta...

Dios, a punto de marcar un triple.

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Víctima de The Killers

Posteado por: The Devil Rules the World el 21 oct En: Yo, mí, myself... Algo de música - 8 comentarios

La música, la buena, se entiende, lo que tiene es que hace que tu estado de ánimo se vea influenciado. Te vigoriza, te deprime, te buen enrolla, te hace dar botes... La música activa la memoria emocional como ninguna otra cosa en el mundo. Te recuerda al momento en el que la escuchabas por primera vez, o en el que la descubriste. La música, en definitiva, alimenta el alma.

Dentro de los grupos que me han dado alas, hay grandes clásicos y completos desconocidos. Son muchos los que me gustan, pero no son tantos los que me emocionan y me cambian el estado de ánimo cuando los escucho. En ésta última categoría habría que meter al grupo que, casi de inmediato, me transportó a un sitio que me gusta visitar muy a menudo, sobre todo cuando el estado de ánimo decae.

The Killers son grandes. Sé que hay muchos que los critican ferozmente, pero para mi, ahora mismo, son lo más grande. No sé tanto de música como para comprender lo que tiene de malo su tan criticado segundo disco, pero a mi, cada vez que los escucho, me hacen volar. No hay canción desaprovechable en sus discos... ni siquiera en la recopilación de caras B y temas inéditos del año pasado.

No quiero hablaros de la música, porque ya digo que no soy un entendido. Me recuerdan en algunos momentos a U2, en otros a Springsteen. Tienen mucho de la música británica de los 80. Tienen alma y tienen voz. La increíble voz de Brandon Flowers. Tienen sentido del humor (mítico su video "Read my mind"), tienen gracia y tienen ritmo. Son todo lo que busco cuando quiero que me enganche un disco.

Lo que pretendo con este artículo no es analizar la carrera del grupo, sino describir lo que me emociona su música. Lo mucho que consigue que, no importa mi alicaído estado de ánimo, siempre acabe moviendo la cabeza con una de sus canciones, y, a veces, consiga que mi corazón se acelere. He tenido idilios con muchos grupos, relaciones de una noche, relaciones estables y duraderas que parecía que durarían todo la vida y que acabaron en horribles desengaños, relaciones que empiezan con muchísima pasión y se acaban volviendo monótonas, relaciones puramente sexuales e incluso relaciones de conveniencia. Cada grupo conlleva su propia relación sentimenal, pero yo diría que The Killers son, hoy por hoy, el amor de mi vida.

Su nuevo disco sale el mes que viene. "Day and age".

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Esta mierda se ha acabado

Posteado por: The Devil Rules the World el 16 oct En: Yo, mí, myself... Mierdaposts - 9 comentarios

Creíais que lo sabías todo sobre este blog. Algunos acechaban en las sombras, inquiriendo más carnaza. Otros bostezaban. Otros directamente se largaron. A los pocos que quedan me temo que los voy a ir echando. Ya ni os dejo comentar. Pero por dios, qué ego el mío, hablando como si me estuviera escuchando alguien o como si tuviera la más mínima importancia lo que voy diciendo. Vale, ya me relajo.

La cuestión es que este espacio está cambiando. Ya lo habrán notado algunos. Quizá es porque yo estoy cambiando. El caso es que este blog, que siempre ha sido una oda a la frivolidad y a otro tipo de cosas poco trascendentes está mutando. ¿Hacia dónde? Pues, para no ponernos tontos, hacia donde me dé la gana. Y eso es lo que hay. Lo digo para que nadie se me asuste. Algunos posts de pacotilla incluso han desaparecido (lo siento por los que comentaron en ellos, pero bueno). Y eso es todo. Mi cabeza anda ahora como para escribir sobre chorreces que se me quedan anticuadas a las dos horas. O sea que...

Y sí, puede que este sea de pronto un blog sobre gente que se para a oler las margaritas. Eso es lo bonito, ¿no os parece? No tener ni idea de lo que te vas a encontrar. Ni yo cuando escriba, ni los demás cuando lean. De momento tengo un enorme elefante encima que no me deja vivir bien. Seguiremos informando.

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Ella

Posteado por: The Devil Rules the World el 14 oct En: Yo, mí, myself... - sin comentarios

Ella sabe lo que hay. Lo que somos. Ella sonríe. Ilumina la ciudad entera. Ella compriende. Ya estuvo allí. Ella asimila. Siente y padece. Ella está aquí. Permanece y nunca se moverá. Ella llora. Siempre se emociona. Ella me abraza. Las palabras flojitas justas. Ella es lo más grande. Pura y simplemente. Me mira y me conoce, me habla y me convence, me cambia y me engrandece, me sube y me suelta. Ella se va, pero se queda. Ella lo es todo. Ella vive una nueva vida. Ella camina con firmeza.

Ella sabe bien quien es. Y lo que significa para mi.

Death cab for cutie - Brothers on a hotel bed.

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Un mal sueño

Posteado por: The Devil Rules the World el 9 oct En: Yo, mí, myself... - sin comentarios

Me he despertado y de repente España no había ganado la eurocopa. Un alemán metió un gol en el último minuto del descuento y luego nos ganaron en los penaltys.

Cinco minutos antes, Angelina Jolie y Scarlett Johansson dormían abrazadas en mi cama mientras yo las miraba sin saber cómo decirles que dormir abrazados está muy bien pero que si no íbamos a follar ni aunque fuera un poquito.

Diez minutos antes nunca me fui a la playa. Me quedé todo el verano encerrado en mi habitación, sin salir, muerto de calor.

Y antes de eso nunca conocí la felicidad. Nunca vi "La guerra de las galaxias". Nunca sonreí de verdad por nada. Nunca acabé BUP, me quedé para siempre repitiendo segundo, una y otra vez, una y otra vez. Nunca encontré nadie que me escuchara, ni que me dijera algo interesante. Nunca hablé sin parar hasta las tantas de la mañana. Nunca salí del agujero del conejo blanco. Nunca perdí una medalla de oro en las olimpiadas de tiro con rifle. Nunca hablé en mi blog sobre Vilser Furser.

Fue un mal sueño, agotador. De los que te dejan mal cuerpo para el resto del día, o de la semana. Pero se pasa. Todo se pasa.

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Boda en París

Posteado por: The Devil Rules the World el 6 oct En: Yo, mí, myself... - 9 comentarios

Llego a Barajas con un no muy buen rollo en mi cabeza, una hora antes de tiempo, en un aeropuerto, donde lo que se hace mayormente es esperar, así que ahora tengo que esperar una hora hasta el momento de poder esperar dos horas antes de embarcar en un avión. Entre medias vuelvo a ver a mi viejo amigo Jaime, al que hacía casi dos años que no veía, que se nos une a Emilio y Nacho (parte de la vieja guardia Loser) y a Tania en el viaje de camino a la boda de uno de los nuestros ("one of uuus"). El resto, y muchos otros, llegaran a París repartidos por diferentes vuelos y aeropuertos. Pero este es mi viaje.

Por encima del tiempo planeado, el avión entra en la ciudad del amor y lo primero que hago es mirar embobado por la ventanilla del avión. Desde arriba París se ve gigantesca y extrañamente ordenada, según nos alejamos del centro descubro cientos y cientos de pequeños barrios o ciudades dormitorio que guardan una extraña uniformidad, aunque igual es por las alturas. Lo segundo que hago es darme cuenta de que ya no estamos en Kansas. El tiempo ligeramente otoñal de Madrid se transforma en crudo invierno francés. Pero ésta vez he venido preparado, traigo mi superbufanda y un paraguas. Aterrizamos y nos dan las maletas con una celeridad sorprendente. Todo parece ir sobre ruedas. Y entonces nos encontramos con la realidad: el trayecto desde el aeropuerto al hotel, situado en las afueras, en una especie de Majadahonda parisino llamado Rueil Malmaison, cuesta la friolera de doce euros. Dos mil pesetas. Casi lo que cuesta un autobús a Sevilla. La primera parte consiste en un vehícula llamado Orlyval, que es una especie de lanzadera especial radiocontrolada que te transporta a la velocidad del sonido desde el aeropuerto de Orly hasta una estación de Rer (Cercanías, para entendernos), a mi, que me pilló desprevenido, casi me tienen que sacar con espátula del cristal trasero del vehículo. Tras un viaje considerablemente largo en el Rer (París es grande, repito, y sus trenes también lo son), llegamos al pueblecito en cuestión, donde un taxista tarda cinco minutos en limpiar el asiento del copiloto, para acto seguido mantener una dura pelea con su gps y el callejero para llevarnos a nuestro hotel que estaba, básicamente y sin exagerar, en linea recta a un kilometro escaso desde la estación. El hotel es propiedad de una franquicia y tiene ese ambiente absolutamente desalmado y carente de todo encanto que desprenden las cosas hechas en serie. La habitación es extremadamente pequeña, pero al menos está limpia y total, qué más dá.

Salimos a cenar algo por el pueblo. Es jueves, pero Francia no es España. Aquí no hay bares por todos lados, y la gente se oculta en sus casas. Las calles están desiertas y hay pocos sitios donde pararse a tomar algo, y en cualquier caso los cierran demasiado pronto para nuestro gusto. Nos comemos unas pizzas mientras el Paris St. Germain empata a cero con no sé qué equipo y luego preguntamos por algún sitio donde tomarse una cerveza o algo semejante y que trasnoche un mínimo.

Buscando en la soledad de la noche francesa...

Nos cruzamos con dos portugueses que discuten entre ellos sobre si el sitio al que nos dirigimos está abierto o cerrado. Está abierto. En la entrada de un Pub estandar con bastante encanto hay un gorila de dos por dos que nos mira como si le fuéramos a hacer algo malo. Una vez asentados, Manuel, el novio, nos llama para ver qué tal hemos llegado y para decirnos que esta noche no podrá vernos, pero que lo pasemos bien. A los cinco minutos aparece con Jamilé, la novia, dándonos una sorpresa y una alegría a partes iguales. El gorila de la puerta, en cambio, no está tan feliz. A la media hora se acerca a nosotros y, con cara de asesino, nos dice que van a cerrar, como si eso supusiera que tenemos que correr por nuestra vida. Manuel, diplomatico como siempre, le dice que de acuerdo, y que muchas gracias. El gorila le mantiene la mirada sin que nadie acierte a comprender qué está pasando. El resto de clientes, no demasiado satisfechos, salen corriendo como si de una película del oeste se tratase. Al final nos vamos con la impresión de que hay ciertas formas de tratar a la clientela de tu local que deberían estar penadas por la ley. Pero la sangre no llega al río, y Jamilé quiere enseñarnos su casa, lo que nos apetece muchísimo a casi todos menos a Manuel, que contaba con esta noche para hacer sus deberes de la boda con algo de tiempo. Pero es el novio y tiene que hacer sacrificios, todo sea por la amistad, y porque hacía siglos que no nos reuníamos todos juntos.

Reunión de madrugada, los pocos que faltaban se nos unen, estamos ya todos, o casi todo, que algún despistado está en París durmiendo. Unas cuantas risas, un gato absurdamente dócil, unas bebidas y unos jamoneros después, Manuel se ve obligado a echarnos para acabar con sus tareas que seguramente le tendrán despierto toda la noche y nos lleva hasta el hotel.

A la mañana siguiente, un tardío (para los franceses) desayuno, y partimos para la ciudad en el metro. Llegamos ante la torre Eiffel y de pronto me doy cuenta de que estoy en París. Cuántas veces habré visto esta imagen en pelis o fotografías y ahora de pronto, me veo delante. Tengo que salir más de casa. El tiempo empieza a ponerse jodido. Justo debajo de la torre, rodeado de hordas de gente que quiere subir por cualquiera de las tres torres abiertas, empieza a nevar... y a caer chuzos de punta, algún pardillo de nuestra expedición se ha venido de Madrid con una sudadera y las pasa putas. Yo estoy bien protegidito. Hacemos una parada para repostaje (café: 4 euros, tócate las pelotas) y llegamos al Arco del triunfo. Luego bajamos por los Campos Elíseos, paramos para comer, seguimos bajando, atravesamos una exposición que se inaugura al día siguiente sobre el centenario de la industria aeroespacial francesa (habrá desfile y todo), llegamos a la Plaza de la Concordia, donde hay un obelisco, entramos en no sé qué parque camino del museo del Louvre (habíamos puesto el turbo a esas alturas) y es justo entonces, cuando el sitio cubierto más cercano en cualquier dirección queda a veinte kilómetros, el momento en que nos cae el puñetero diluvio universal. Mojados (empapados, más bien) llegamos ante el Louvre. Lo justo para hacerle fotos a la pirámide de cristal y gracias. Ni plantearnos entrar a ver la sonrisa de la Mona Lisa. Buscamos un metro y nos decidimos por un autobús que nos lleve hasta la catedral de Notre-Dame, turismo express, vea París en una hora y reúna pruebas para demostrarlo. Nueva parada técnica, crepes de chocolate y café, 10 euros. Con dos cojones.

Se acabó el turisteo de postal, comienza la noche parisiense. Sandrinne, nuestra guía autóctona nos lleva por un barrio semejante a Malasaña con una curiosa salvedad, hay tantos garitos como sitios de comida, y todos con una pinta excelente, pero a mi se me antoja una crepe de nutella, que por lo visto es más típico de Francia que la tortilla francesa. Nos metemos en un sitio a escuchar musiquilla en directo, la camarera es gallega, qué cosas. Nos quedamos allí un buen rato y luego nos zampamos unas crepes saladas, menos la mia, que es de nutella, y sí, coño, está muy rica. Otro garito más y en el aire la amenaza de quedarnos sin transporte a Rueil. Corriendo al metro, Jaime intercepta a una actriz de teatro que viene contenta de hacer una felación, o eso es lo que entendemos nosotros traduciendo literalmente su repuesta. Resulta que es comediante y está celebrando las cien representaciones de su obra en el teatro. Este chico es director de cine, le dice señalándome a mí. No soy famoso me apresuro a corregir, de hecho, tampoco soy director de cine, pero eso me lo callo, que la sonrisa que me pone parece interesante. Chapurreando entre francés e inglés mantengo los treinta segundos de conversación más inútiles desde que mi profesor de literatura en cou me preguntó porqué estaba tan indolente. La chica, gracias a dios, se baja en la siguiente parada. Nos bajamos donde corresponde el búho, pero no lo encontramos, caminamos y caminamos hasta que al final lo encontramos. Le preguntamos al conductor si nos valen los billetes que hemos comprado esta mañana para todo el día (en París hay dieciochomil tipos de billete para veinticuatromil itinerarios diferentes, todos ellos caros como su puta madre, pero lo mejor de todo es que en su modernez y desarrollo sin parangón, las cacho ceporros no han descubierto aún la utilidad del Bono-metro... y cuando pides un billete de diez viajes... te dan diez billetes de un viaje... semos europeos para esto, pero estoy divagando), el caso es que el conductor nos dice que no, pero que a él se la pela, como si queremos colarnos. Jaime se emociona pensando que nos van adejar colarnos, pero nada más entrar, el revisor nos pide que le digamos a dónde nos dirigimos para darnos el billete. Ir a Rueil cuesta tres euros veinte... grunt...

Pero el día siguiente es el gran día. A las nueve de la mañana, alguien llama a nuestra habitación, me incorporo medio sorprendido, medio acojonado... quién es, pregunto... Manuel responde al otro lado: "Emilio?". Emilio, que comparte cuarto conmigo, pega un bote desde su cama hasta la puerta, ¿ha pasado algo? ¡Se cancela la boda! pienso, acojonado, pero no, Manuel sólo busca que le ayudemos con unos recadillos. Nos levantamos y vamos a desayunar algo a la plaza más entrañable del pueblo. Unos croissants, un cafe au lait y cinco euros mas tarde decidimos recogernos para arreglarnos. Vestido de traje, la elegancia personalizada, Manuel llega ante nosotros, atacado de estrés, el pobre se está encargando de TODO, que si el transporte de su familia y amigos, que si las flores en la iglesia, que si llevarle un chal a la novia... ah, pero es que él no puede ver a la novia antes de la ceremonia. Y ahí entro yo. El que entrega el chal a la novia en su casa mientras el novio recoge las flores de la floristería. Y allí nos vemos momentos después, donde agarro unos cuantos ramos muy buen puestos y nos dirigimos a la iglesia. Allí me toca atarlos con cuidado a los bancos y empezar a distribuir los folletos de las lecturas que se celebrarán en la misa. De pronto soy un priviliegiado porque he visto a la novia antes que nadie. Y es que la novia es La Novia. La Novia más guapa del universo, con la sonrisa más radiante del planeta. La ceremonia, mitad en francés, mitad en español (borra eso, casi toda en francés con algo de español y una pizca de libanés), se prolonga durante una hora más o menos. Pero ya se han casado y todos somos muy felices por ellos.

Estrés...

El problema del transporte de la iglesia al convite se soluciona malamente cuando la parte francesa (todos con coches) se largan sin avisar dejando a la parte española (todos sin coche) desvalidos y a merced de los barecillos de la zona. No pasa nada, un español cerca de un bar es un español contento. La solución: el novio y unos cuantos voluntarios se inflan a hacer viajes. Afortundamente el sitio está no muy lejos.

Pero claro, la ceremonia ha acabado a las cuatro y media, y nadie ha comido. Estos horarios franceses tienen a todo el mundo descolocado. Aperitivos libaneses se mezclan con embutidos ibéricos y la gente se da por contenta. Llegan los novios, fotos y más jamón. Los Novios son la pareja más increíble de este planeta. Son tan guapos, tan sencillos y tan enamorados que cualquier otra pareja de novios palidece a su lado. Y la gente que estamos allí los queremos y admiramos a partes iguales. A todo el mundo se le cae la baba con ellos, y tras un par de horas se hace un pase de un video que agita los lacrimales de muchos de los ojos presentes. Los míos incluídos. Love is all around.

Y llega la hora de la comida... las ocho. Sí, los franceses cenan a las ocho, como mi abuelo. Nos ponen en la misma mesa que Miguel, nuestro antiguo profesor de literatura de segundo de bup (no, no era el de la conversación antes mencionada) que dejó un grato recuerdo en la formación académica del novio (perdón, el Novio). Le tratamos de poner en antecedentes, nos recuerda a algunos, a otros menos. Yo es que era de los que se quedaban calladitos al fondo de la clase. Gonzalo le dice que una vez le puso un cero, y que desde entonces carece de autoestima, Miguel no se acuerda, pero se parte de risa pensando que Gonzalo le está tomando el pelo (no lo estaba haciendo)... La comida es bastante bastante cañera (marisco y carne, coronados con un plato de quesos... los franceses y yo mismo tenemos costumbre de comer queso después de las comidas). La parte española se pica indisimuladamente con la parte francesa por ver quién anima más el festejo, pero, aunque jugamos de visitantes, la goleada española es significativa, incluso cuando gritamos cosas en francés. Sandrinne nos pregunta si es por nuestro caracter o por el vino que hemos bebido. Bajamos a tomar los postres y a disfrutar de la barra libre. Otra curiosidad francesa, la barra libre se parece sospechosamente a un botellón español. Las cosas se acaban y nadie las repone, especialmente los hielos. Al final, poniéndonos pesados conseguimos alcoholizarnos en mayor o menor medida. Yo incluso conseguí un vaso de leche, pero no me lo bebí, Nacho me amenazó con las plagas bíblicas desatadas sobre mi estómago si se me ocurría mezclar alcohol y leche. Las cuatro tartas nupciales diferentes estaban bien buenas... La noche acabó con una mezcla de clásicos pachangueros internacionales (gracias a dios, una boda sin tractor amarillo), con especial atención a los temas franceses y españoles, para que ambas concurrencias estuviesen bien atendidas. Incluso nos despachamos con un poco de limbo que descuadernó unas cuantas espaldas.

Al final, a las cuatro de la mañana, los borrachos y los muertos nos volvimos a nuestros respectivos hoteles. Dani proclamaba que quería casarse, su novia, Barbara, parecía menos conforme y tardamos tanto en nuestro paseo nocturno que al final dimos tiempo a que los novios llegaran al mismo tiempo que nosotros y se tomaran una última cerveza en el hall de nuestro hotel. Cuando Jamilé se enteró de las reticencias de Barbara le tió el ramo a la cara para que no pusiera más excusas. Así las gasta la Novia.

Lo que ocurre aquí es que pocas veces puede uno asistir a un bodorrio en el que la felicidad se sienta tanto en todas partes. Es lo que tiene ser alguien tan genuino como Manuel, que al final en tu boda no hay nadie invitado por compromiso, en tu boda está la gente que te quiere, y que se emociona viendo la felicidad y el amor que embarga el ambiente. Pero cómo no ser féliz... y es que sólo alguien como Manuel podría enamorar hasta el tuétano a alguien tan especial como Jamilé. ¿Cómo no creer en finales felices si estabas en Rueil Malmaison, París, el sábado por la noche?

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Un sitio para perderse

Posteado por: The Devil Rules the World el 27 sep En: Yo, mí, myself... - 6 comentarios

Cuando tienes seis años todo te parece enorme. Había un sitio, una vez. Era de mi abuelo y estaba cerca de Las Rozas y de Torrelodones, mucho antes de que se masificara todo aquello era una zona residencial muy alejada de la ciudad. Supongo que no era tan grande, pero a mi me parecía gigantesca. Una casa, en mitad de una finca llena de campo, árboles, rocas y musgo. Era un sitio perfecto para perderse. Mis padres nos llevaban allí algunos fines de semana, casi siempre con sus amigos y los hijos de sus amigos. Íbamos en verano también, pero por alguna razón sólo recuerdo el invierno. Casi siempre hacia frío, pero también había sol. Esa es la mejor manera de pasar frío. Se entraba a la finca a traves de una verja medio oxidada que parecía enorme, lo menos tres metros de altura. Según entrabas tenías todo el campo del mundo para dejar los coches, pero para llegar a la casa tenías que bajar por un pequeño terraplén. Una vez abajo llegabas al porche-terraza, delimitado por varias columnas de ladrillo de metro y poco de altura, unidas con barras de hierro. La finca estaba en cuesta, lo que significaba que debajo de esa terraza había una pequeña caída y más campo aún, rodeando toda la casa. En frente de la terraza había un árbol milenario al que le habíamos añadido un columpio manufacturado, y puede que en otro árbol hubiese una canasta y todo, porque recuerdo a mis hermanos y los hijos de todos los demás jugando a algo a lo que no podía jugar por ser demasiado pequeño. Defectos de haber nacido con diez años de retraso. En esos momentos me perdía por allí (había espacio, desde luego). Tenía un rinconcillo que me molaba especialmente. Era una piedra gigante que tenía otra piedra un poco más pequeña justo detrás. Entre medias, mi minúsculo cuerpo cabia perfectamente sentado, con lo que, de forma instantánea, se convirtió en mi nave espacial particular. A la hora de comer montábamos una buena dentro de la casa. Lo primero que encontrabas nada más entrar era un pequeño salón-recibidor con una chimenea al fondo. A la izquierda de la chimenea, la cocina y el baño, a la derecha, las habitaciones (tres o cuatro, no recuerdo bien), con puertas correderas de plástico semejantes a las que había antes en los vagones de los trenes, y con camas con cabeceras de aluminio y muelles ruidosos. La mesa se colocaba a lo largo de todo el salón. Ah, y no he hablado de la puerta mosquitera que hacía un ruido tan carectérístico. A la izquierda, según entrabas, había otra habitación (lo acabo de recordar), allí mi hermano creo que pilló su primera borrachera de anis, con dieciséis años o asi. Mi familia es que es muy particular para algunas cosas. Después de comer a la gente le entraba la modorra, pero yo no era de siestas, así que salía a hacer el indio por la finca. Justo a continuación de la casa, estaba el garaje. Un garaje gigante, repleto hasta el techo de leña para la chimenea. Dentro del garaje estaba el antiguo coche de la empresa de mi abuelo. Era un hombre adinerado, incluso en la postguerra, y tenía chofer. No recuerdo el modelo, era un citroën, eso seguro, y estaba lleno de polvo y humedad, pero si tienes seis años, un coche antiguo con mampara en el lado del conductor y asientos enfrentados en la parte trasera es incluso mejor que una piedra-nave espacial. Jamás logré comprender cómo habían metido el coche allí, porque por el terraplén no cabía (se estrellaría de bruces contra la casa) y por el otro lado sólo había naturaleza en plan salvaje. Debajo del garaje había dos habitaciónes. Era una distribución muy rara, ahora que lo pienso. Las habitaciones estaban medio enterradas creo yo, y las ventanas eran tragaluces a la altura del suelo de la terraza. No recuerdo prácticamente esas habitaciones, pero sé sé que también estuve en ellas en algún momento. Por la noche ya hacía frío y no podías estar fuera, no había una sola luz. Mis padres y sus amigos jugaban a las cartas junto a la chimenea encendida mientras los amigos de mi hermana y mi hermano se turnaban al coñazo del hermano pequeño, que zascandileaba de una habitación a otra, aburrido porque ya no tenía dónde jugar. Muy pocas veces nos quedábamos a dormir, pero alguna vez sí. Recuerdo las sábanas gélidas y la estufa eléctrica al lado, y mi madre entrando a ver si estaba abrigado. Pero esas fueron las menos. Casi siempre acababa completamente dormido siendo llevado en brazos por mi padre hasta el coche, y volviendo a Madrid por la carretera, con los ojos entre abiertos, medio adormilado.

Mi padre y un servidor, haciendo el cafre.

Las partidas de cartas...

Perdido y sin ganas de encontrarme.

Pocos años después mi padre vendió la finca. Recuerdo que me enfadé. Primero vendió el coche, y creo que la montaron fina para sacarlo del garaje. Hace ya tantos años que ni recuerdo cuándo fue la última vez que estuve allí. A veces me da por imaginar que aún tenemos esa casa allí perdida. Pienso en la de cortometrajes de terror que podría haber rodado allí, en las fiestas que podría haber dado de adolescente, en fines de semana románticos con la novia, o en un sitio al que puedes correr a esconderte cuando estás hasta las narices de tu vida. Supongo que mi padre tenía buenos motivos para venderla. No parece que la echen de menos. Yo sí. Un montón.

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Ya me marcho de aquí, bella dama española...

Posteado por: The Devil Rules the World el 17 jul En: Yo, mí, myself... - sin comentarios

Pues sí, me voy a la playa. No es una gran playa, pero hay sitio gratis y está pegada al mar... el mar... Hace cuatro años que no veo el mar, y entonces lo vi en estado medio febril, sin ánimo alguno de estar allí, así que podríamos decir que hace cinco años que no disfruto del mar.

Parece mentira, pero disfrutar del mar es mucho más necesario de lo que parece. A veces siento que no lo echo de menos, hasta que de pronto me acerco a la costa y noto esa brisilla salada, ese sonido hipnótico y esa imagen tan imponente. Qué mal acostumbrado estoy a vivir en el centro de la península ibérica, coño. Está bien poder desintoxicarse cada cierto tiempo (mejor si son menos de cinco años).

En la ciudad arrastramos mucha mierda. Impuestos, crisis, trabajos que no salen, relaciones imposibles, relaciones que no se van, relaciones que no vuelven, rebajas, asfalto, calor que luego no es para tanto, trabajos que no acaban, conciertos a los que no vas, rodajes peregrinos, dormir más de la cuenta y menos de lo aconsejado, el transporte público. Coñazo.

Todo eso parece nada en absoluto cuando te plantas delante del mar y empiezas a mirarlo con cara de idiota. Son solo unos días, semanas para los más afortunados, pero en mi caso es un necesario kit kat de tanta chorrada con pretensiones de llamarse "vida".

Pero bueno, no vale quejarse, porque ya me marcho... me quemaré, ligaré lo menos posible, alternaré por chiringuitos lamentables y me quejaré de los turistas y de los mosquitos, pero así son las cosas. Durante una semana y poco jugaré a que no tengo vida más allá del mar contemplándome desde la terraza.

A la vuelta seguiremos soltando rollos sobre películas y otras cosillas... Ahora, para que veais que pienso en vosotros, os dejo con el último video de Biffy Clyro, recién salidito del horno...

Mountains

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