Situémonos correctamente... corre el año 1974, George Lucas disfruta del gran éxito de taquilla y público de “American Graffitti” (nominaciones al Oscar como director y guionista incluidas) y se piensa cuál será su próximo proyecto. Como gran fan de los seriales de aventuras y ciencia-ficción, su gran sueño de juventud es hacer una adaptación de Flash Gordon, el inmortal cómic de Alex Raymond, pero problemas con los derechos (gracias a dios) le incitan a crear su propia space-opera. El primer tratamiento, con fecha de 1975, es un mamotreto de considerables proporciones que no consigue atraer la atención de ningún estudio y en el que, según se dice, hay un primer acto con un rescate en una fortaleza, un segundo acto con una ciudad en las nubes (que se convirtió en la fortaleza en alguno de los sucesivos borradores) y un tercer acto con una gran batalla en un planeta boscoso habitado por wookies. No eran tres películas, sino una monumental e inabarcable historia. Este primer tratamiento es en el que Lucas se basó para tejer el tapiz de sus tres películas... y decidió empezar por el primer acto: el rescate en la fortaleza...

Esta pequeña introducción sirve para explicar un poco el tan debatido tema acerca de si Lucas realmente tenía pensadas tres películas y toda la trama como un todo, como se ha dicho prácticamente desde el estreno de “La guerra de las galaxias” en mayo de 1977. No creo que en ese primer tratamiento estuviese todo, ni siquiera gran parte. Pero había bastante.

Como expliqué en el primer post, el primer borrador que empezó a recibir atención fue el tercero, llamado “Star Wars Episode I: The adventures of the Starkiller” , gracias a los bocetos conceptuales que el artista Ralph McQuarrie realizó por encargo de Lucas. Tras ser rechazado por prácticamente la totalidad de los grandes estudios, la Tweintieth Century Fox, se decidió a producir la película por un ajustado presupuesto de once millones de dólares, y cediendole a Lucas el 40% de los beneficios generados por el merchandising en una época en la que los beneficios del merchandising eran irrisorios, como mucho.

Para entender las dificultades a las que se enfrentó Lucas tratando de llevar a buen puerto la película habría que hacer un poco de memoria histórica. A mediados de los años setenta, los estudios de Hollywood no tenían ni idea de las películas que el público quería ver. La época dorada de Hollywood ya terminó hacía mucho tiempo y la televisión era una dura competencia. La película de mayor recaudación era “El padrino” con poco más de ochenta millones de dólares, y las pelis de catástrofes se reproducían como champiñones. La ciencia-ficción era un género impopular, por decirlo suavemente. Es difícil hacerse a la idea de que antes del año 77 no existieran “películas evento” como existen ahora. No había grandes espectáculos de presupuestos millonarios, ni franquicias repletas de efectos especiales esperando a la temporada veraniega para salir a la luz... hasta que llegó “Tiburón” en el año 1975 y pulverizó todos los records de taquilla del mundo. Spielberg demostró que una película todavía tenía el potencial para apasionar a la gente, y para llevar a las masas al cine. Aunque nadie esperaba nada semejante de “La guerra de las galaxias”.

Como bien se explica en el estupendo documental que acompaña a la edición en dvd de la trilogía clásica. “Star Wars” empezó a generar expectación gracias a las convenciones de ciencia-ficción, en las cuales se fue promocionando la película como “la gran esperanza blanca” de un fandom huérfano de grandes hitos en el género desde hacía casi diez años con “2001" o “El planeta de los simios”. A pesar de que el estreno tuvo que ser postpuesto de diciembre del 76 a mayo del 77, Lucas, listo él, decidió publicar primero su propia novelización del guión, que rápidamente se ganó el corazón de los aficionados. Me gustaría hacer un pequeño comentario sobre esta novelización, ya que Lucas siempre ha considerado que las novelizaciones de “Star Wars” contenían información tan veraz como la de las propias películas, por lo que, para los flipaos como yo, eran una valiosa fuente de información complementaria a la de las películas. El ejemplo más gracioso está en las primeras páginas de “La guerra de las galaxias”, en las que se presenta a Darth Vader como un lord del Sith... cuando en toda la trilogía no se menciona en ningún momento ésta expresión (la primera vez que se oye es en el Episodio I).

El caso es que la expectación por ver la película crecía y crecía a lo largo de pequeños grupúsculos de fans, y los trailers y posters promocionales estaban haciendo una campaña muchísimo más útil de la que se preveía. Como ejemplo del estado de excitación en el que algunos freaks vivían esos aciagos días, este maravilloso trailer de una película que lleva hecha más de dos años y que quizá, algún día en el algún sitio, podamos ver.

Como resultado del estreno de “La guerra de las galaxias” el 25 de mayo de 1977, el mundo del cine, tal cual se conocía hasta entonces, cambió definitivamente. Para bien y para mal. Las productoras se dieron cuenta de que el cine infantil y de aventuras daba dinero, de que la ciencia-ficción podía dar dinero y de que los efectos especiales daban dinero.

Pero eso fue a un nivel meramente comercial.

Es muy difícil tratar de expresar con palabras lo que fue descubrir “La guerra de las galaxias” para todos aquellos que éramos jóvenes (algunos, extremadamente jóvenes) en aquella época. Quizá se podría resumir en que detrás de toda la magia, detrás de seres tan fascinantes como R2-D2 o Darth Vader, detrás de conceptos tan alucinantes como la Fuerza, de mundos increíbles, de efectos especiales nunca antes vistos... detrás de todos eso... simplemente había una historia maravillosamente escrita sobre un pobre muchacho que vive en el planeta más alejado del centro de la galaxia y busca ser especial. Todos hemos sido Luke Skywalker en algún punto de nuestra vida.

A posteriori se ha hablado mucho de cómo a finales de los setenta EEUU vivía en una época de desencanto, con la guerra de Vietnam y la política de presidentes como Nixon o Ford dividiendo el país, y en cómo una película de fantasía con buenos muy buenos y malos muy malos sirvió como catalizador para que todos los malos rollos socio-económicos de la época se empequeñeciesen ante el poder de la imaginación. Puede que esto fuera cierto, pero no es menos cierto que en Europa, en Japón y en prácticamente cada país del mundo en el que fue estrenada, se repitió el mismo fenómeno de masas que en EEUU. “Star Wars” era pura magia encerrada en veinticuatro fotogramas por segundo. Magia que traspasó el límite de las salas de cine... y ahí fue cuando la Fox comenzó a darse de cabezazos.... Camisetas, gorras, juguetes, juegos de cama, juegos de mesa, la propia banda sonora que vendió millones de discos en una época en la que los discos con música original de películas apenas recibían un mínimo de atención... la fiebre por “Star Wars” se disparó hasta extremos de convertirse en un fenómeno social sin precedentes.

Incluso la compañía Kenner, propietaria de los derechos para fabricar figuras de acción basados en la película fue pillada completamente desprevenida por el masivo éxito de la película... sin haber llegado a fabricar ni un sólo muñeco hasta el estreno. Su solución, grotesca y genial a partes iguales, fue pre-vender las figuras en la campaña de navidad en el celebérrimo “early-kit” que consistía en una caja vacía con los dibujos de las ocho primeras figuras de la colección, que luego serían sustituidas por los juguetes de verdad, una vez salieran a la venta meses después. No os digo lo que se paga a día de hoy por uno de esos “early-kits”...

El mejor regalo de las navidades del 77: Un cacho de cartón.

La impresionante recaudación en taquilla y los desmedidos beneficios del merchandising le ofrecieron a George Lucas la posibilidad de crear un pequeño imperio independiente de los estudios de Hollywood, cuya cabeza visible sería la Industrial Light & Magic, la revolucionaria empresa de efectos visuales. Además de poder realizar sin interferencias de los estudios, las secuelas planeadas de “Star Wars”.

Pero bueno, hablemos de la película en sí... que para algo me he tirado tres posts interminables analizando los Episodios I al III.

“La guerra de las galaxias”, que en un futuro no muy lejano recibiría el sobrenombre de “Una nueva esperanza” (lógico, ya que “Star Wars” es el genérico con el que se aglutina toda la saga), es, obviamente el Episodio IV de nuestra serie. La acción comienza aproximadamente diecinueve años después del final de “La venganza de los Sith”, con el Imperio galáctico extendiendo su terror y tiranía por toda la galaxia, y el Emperador liquidando los últimos resquicios de la democrática República (“el Emperador acaba de disolver el senado” anuncia el Grand Moff Tarkin en su primera aparición). En esta tesitura, la senadora Leia Organa es interceptada en su nave consular por el temido Darth Vader (Anakin was here) que anda buscando los planos de la nueva y mortífera estación espacial conocida como la Estrella de la Muerte (cuyo diseño y construcción fue iniciada bajo el mando del Conde Dooku), que al parecer han sido robados por la Alianza Rebelde (¿recordáis como Bail Organa, papá de Leia; y Padme dieron los primeros pasos para formar ésta Alianza? claro que no, no seáis ridículos, esa información sólo aparecía en las escenas eliminadas del dvd). Estamos pues, en medio de otra guerra civil... en la que nos adentramos por la puerta grande de la mano de dos viejos conocidos: R2-D2 y C-3PO, quienes se las ven y se las desean para escapar de los imperiales y aterrizar en el planeta Totooine llevando consigo la información que puede destruir la Estrella de la Muerte. En Tatooine, nos reencontramos con el jovenzuelo Luke Skywalker y con un envejecido Obi-Wan.

A la pregunta de por qué Darth Vader no busca a su propio hijo cuando éste vive con sus tíos en su planeta natal y lleva su mismo apellido, habría que contestar sencillamente que Vader no sabe que tiene un hijo, y que desde luego Tatooine es el culo del universo, en el que a Vader jamás se le perdería nada. Si, además, os preguntáis por qué el tío Owen no reconoce a C-3PO, os respondo que todos los androides de protocolo tienen el mismo aspecto y 3PO no era dorado cuando servía en Tatooine... esto os llevará, inevitablemente a la siguiente pregunta, “¿por qué Obi-Wan no reconoce a R2?”... a lo que yo respondo, “¿quién dice que no le conoce?”. Si os fijáis bien en la película, hay una evidente complicidad entre Obi-Wan y R2, incluso cuando aquel dice “no recuerdo haber tenido nunca un androide” (lo cual es cierto, los caballeros Jedi no poseían androides) se percibe un claro “ejem” en los gestos de Obi-Wan, exactamente igual que cuando le asegura que “Darth Vader fue quien traicionó y asesinó a tu padre”... mentiras piadosas para poder mantener el suspense durante tres películas.

- Así que entonces, R2 ya es coleguita mío ¿no?
- Creo que el cabrón de 3PO está intentando ligarse a la script otra vez...

Pero dejémonos de minucias, parte de la grandeza de “La guerra de las galaxias” consiste en su capacidad para noquear tus sentidos unos tras otro durante casi las dos horas que dura la película... en el minuto uno se te descuelga la mandíbula mientras el destructor estelar pasa por encima de tu cabeza, en el dos conoces a R2 y 3PO, en el tres a Darth Vader, en el cuatro ya te has enamorado de la princesa Leia... a los diez minutos de película han pasado tantas cosas, que ya estás pensando en la siguiente vez que verás la película.

Todo el segmento de Tatooine, pese a bajar considerablemente el ritmo de los primeros diez minutos de película es donde se forja el alma de la película. R2 y 3PO dan por fin el relevo en la historia a Luke Skywalker, que reside en una granja de humedad bastante conocida, allí, con esa alucinante escena del atardecer con soles binarios, la imagen definitiva de la melancolía, conocemos al primer gran protagonista de esa saga galáctica, quien poco después se encontrará con un viejo Obi-Wan.

-¿¡Cómo que tienes que ir al servicio otra vez?!
- Euh...

- Te juro que ese tío, 3PO me está jodiendo bien...
- Mírale, qué cabrón...

“Star Wars” es puro “sense of wonder” y, desde el momento en el que Luke acepta seguir los pasos de Obi-Wan y acompañarle a Alderaan, la película se convierte en una montaña rusa cuya primera parada es en la cantina de Mos Eisley, donde nos reencontramos con “Adios, Chewbacca, a tí te echaré de menos más que a nadie...” y a Han Solo, el carisma hecho carne. A estas alturas, la partitura original de John Williams está tan unida a las imágenes que uno no puede imaginarse una cantina sin el tema musical aquí presente.

Cuando era crío, la huida del Halcón Milenario (otro momento cumbre... “¡menudo montón de chatarra!”) del puerto espacial de Mos Eisley era casi mi escena favorita de la película. Lo cual, es extraño porque si os fijáis, el momento apenas dura un minuto (si llega), pero a mi lo que me fascinaba de verdad era aquel plano en el que un stormtrooper en primer término ve como que el Halcón despega en dirección al espacio. Mi cerebro funciona raro, ya lo he dicho yo muchas veces.

El caso es que así a lo tonto ya estamos en la destrucción de Alderaan (dios mio, ahí se fue Jimmy Smits...), y en el Halcón siendo atrapado por el rayo tractor de la Estrella de la Muerte. Uno de las quinientos millones de increíbles aciertos que tiene esta “Una nueva esperanza” es todo la iconografía del Imperio. Desde esos alucinantes stormtroopers, a los diseños de sus naves (destructores, cazas, etc) o a los impresionantes y pulcros interiores de esa Estrella de la Muerte que parece de proporciones gigantescas gracias a las pintura matte (pinturas sobre cristal que colocadas delante del objetivo en un plano concreto crean la ilusión de un fondo que en realidad no existe, hoy todo se hace por cromas con ordenador y a veces no queda tan bien... otras sí). Total, que Han y Luke van a rescatar a Leia y se meten en el triturador de basuras, donde se encuentran con el dianoga, uno de los bichos más feo-cutres de la galaxia muy muy lejana y que, de nuevo, de crío me daba mogollón de mal rollo, sobre todo porque también pensaba... “si eso es el triturador de basura... qué es ese agüilla???” Aichs. No sé vosotros pero yo me empiezo a quedar sin adjetivos para describir el tercio final de la película...

Pero bueno, hagamos un alto para hablar de los actores ys sus personajes. Porque si bien Mark Hamill tenía la dura tarea de ser el héroe de la función, también contaba desde el principio con las simpatías del espectador medio. Como dije, todos hemos sido Luke Skywalker, atrapados en un entorno que no nos entusiasma y viendo lejos la oportunidad de crecer y aspirar a metas más altas. Lo cierto es que la primera vez que vi la película en su idioma original (aparte de espantarme la voz de Vader, que suena a lata y que es mucho más imponente en español con el gran Constantino Romero) me sorprendió el tono de paleto del sur de EEUU que desprendía Luke. ¿Intencionado? mmm. De Harrison Ford a estas alturas no vamos a descubrir nada, para cuando se enfrentó al protagonismo de ésta película yo creo que estaba más encaminado a seguir el noble arte de la carpintería que el oficio de actor, pero a veces la vida tiene otros planes... su interpretación de Han Solo como el anti-héroe definitivo marcó a toda una generación que vimos representada en él toda la esencia de lo que era ser cool (años antes de que alguien inventara el término que, por cierto, ya podía currarse otro una traducción). Otro tema aparte es la princesa Leia, un personaje femenino acorde con los tiempos de mujeres decididas y liberadas que no temían llevar el peso de los problemas. Su terrible caracter también nos enamoró, a pesar de su aspecto asexuado y ese legendario peinado interestelar que gastaba.

Vale que el requetemítico enfrentamiento final entre Darth Vader y Obi-Wan desluce un poco (ejem) visto después de la lucha final de “La venganza de los Sith”, pero estoy seguro de que si rehacen la peli con una pelea a la altura, injertando la cabeza de Alec Guiness en el cuerpo de un especialista todo dios entraría en cólera (mataría por ver eso). Es que nunca estáis contentos, coño. La cuestión es que para la época, y siendo tiernos infantes, la pelea era más que digna (salvada en parte por el montaje), más por la épica de la muerte de Obi-Wan en sí, unido a la huída de Luke y compañía, que por los sables laser.

- Así, así... el win... el win... y le das... win... win...
- Uhmmm.

Y ya está, un par de detalles para dejar ver un posible triángulo amoroso entre Luke, Leia y Han (¡¡que sois hermanos!!) antes de acometer el gran climax de una película que no ha dejado de ir hacia arriba en sus casi dos horas (y empezó bien alto). La batalla espacial del final de la cinta, con sus maquetitas monas y sus explosiones, también ha quedado un pelín desfasada debido a las inclementes condiciones en las que se rodó, a lo largo de una postproducción adrenalítica y exhausta que incluso llevó a Lucas al hospital aquejado de agotamiento...

Lucas al frente de un rodaje complicado... :

- A ver, entonces el stormtrooper 5 sale delante...
- ¿Yo?
- No, el 5, ¿dónde está el 5?
- Creo que no hay número 5.
- ¡Esta mañana lo había!
- ¿No puedo salir yo?
- ¡¡Calla!! Tú, un paso atrás... eh, tú no te muevas.
- Si estoy quieto...
- Creo que estoy viendo al 5 en el bar con 3PO!
- ...

- Y entonces disparás así, hacia arriba... con intensidad.
- ¿Esos tejanos son cómodos?... Parecen bastante cómodos...

No obstante, la música, el montaje y el ritmo frenético suplen las deficiencias que el paso del tiempo no, y ese final en la trinchera, con Darth Vader diciendo “su fuerza es muy intensa” y la aparición a última hora de Han Solo y ese “han dado a R2" (ojo a la mirada de angustia de 3PO totalmente ignorada por una borde Leia)... en fin. Cine con mayúsculas. Un pequeño inciso para hablar de Han Solo... ya de pequeño, siempre me olió a chamusquina esa “falsa retirada” de Harrison Ford, especialmente con ese “yo sé lo que hago” que le masculla a Chewbacca antes de partir. Según mi humilde opinión, lo que hace Han Solo es esconderse detrás de un planetoide o lo que sea, esperando que todo el marrón de la batalla escampe, para, por la espalda y cuando ya no queda nadie vivo, salvarle el día a Luke pellizcándole en el culo a Darth Vader. ¡Y luego le dan una medalla! ¡Si el cabrón ni siquiera se ha cargado a Anakin! Vamos, muy heroico no lo veo yo, en cambio, mira...

- ¿Ves? ¡Con intensidad!
- No, si ya...

Total, que si tenías de 2 a 16 años en el año 1977, cuando se encendían las luces después de todo esto, te tenían que despegar con una espátula de la butaca del cine... y lo único que querías hacer con tu vida era volver a esa butaca una y otra vez... por eso te comprabas los muñequitos, o las camisetas, o lo que fuera que te recordara a aquel mundo mágico sin comparación alguna con cualquier otra cosa. Estamos en una época, recordad, en la que no existe video. Las películas no te las compras a los seis meses del estreno... no, las películas permanecen meses y meses en cartel si tienen éxito, y luego pasan a algún cine de barrio donde son proyectadas en programas dobles o triples con algunas otras películas... y eso con suerte,,, si no, año tras año, la película sólo vive en tu memoria y en tu imaginación, y eso la hace muchísimo más especial que si te la alquilas en el videoclub a los tres meses, te la tuestas en el ordenador y luego la ves en tu tct de 15 pulgadas que cambia la iluminación de la película según el ángulo en el que la miras. Y luego vas y te quejas de que no te ha parecido espectacular. Pero estoy divagando.

“La guerra de las galaxias” fue especial. Era especial en cómo estaba hecha, en a quién estaba dirigida, en cómo estaba vendida. Era una película única y, a la postre inimitable que nos marcó a todos los que la vimos de canijos y cuya magia vuelve, a veces, en maravillosas oleadas mientras estás delante del dvd... (mis vhs, comprados originales y sin desprecintar a un videoclub años antes de que existiera la venta directa en España, estaban tan gastados, que cuando salió la edición en widescreen sabía perfectamente que parte del encuadre era “nueva”). Obviamente, el éxito fue tan multitudinario y avasallador que Lucas pudo plantearse con mucha más calma la preparación de las secuelas... de hecho, acabó tan hecho polvo que prefirió delegar las labores de dirección, pero de eso hablaremos más adelante.

Total, cómo todo lo que es rabiosamente popular, y encima viniendo de EEUU, la crítica europea se folló sin compasión la película acusándola de simplista e infantil (y de que habían tenido que esperar seis meses para verla en algunos casos), mientras en el país de la hamburguesa, aún alucinados por el humor, la fantasía y la vitalidad contagiosa, nominaron a la película a 11 Oscar, de los cuales acabaría ganando seis (dirección artística, vestuario, sonido, montaje, efectos visuales y banda sonora original) más uno especial a Ben Burtt por la creación de los alucinantes efectos sonoros de la película (esa candidatura no existió como tal hasta 1986). Lucas volvió a estar dóblemente nominado, pero tanto él como la película perdieron en favor de Woody Allen y su "Annie Hall".

Y sí, existe esa “Edición especial” que cambia, añade y quita ciertos detalles de la película, pero de eso ya hablaré en su momento. Por ahora prefiero quedarme a vivir un poco en 1977 y empaparme otra vez de las sensaciones que flotaban en el aire....

Para acabar, no podía resistirme a compartir esta cucada que he encontrado en la página oficial... sí, me flipa el cartelismo de Star Wars también ¿lo dudábais?:

Y aquí, por si no habías pillado el chiste: