Cuando tienes seis años todo te parece enorme. Había un sitio, una vez. Era de mi abuelo y estaba cerca de Las Rozas y de Torrelodones, mucho antes de que se masificara todo aquello era una zona residencial muy alejada de la ciudad. Supongo que no era tan grande, pero a mi me parecía gigantesca. Una casa, en mitad de una finca llena de campo, árboles, rocas y musgo. Era un sitio perfecto para perderse. Mis padres nos llevaban allí algunos fines de semana, casi siempre con sus amigos y los hijos de sus amigos. Íbamos en verano también, pero por alguna razón sólo recuerdo el invierno. Casi siempre hacia frío, pero también había sol. Esa es la mejor manera de pasar frío. Se entraba a la finca a traves de una verja medio oxidada que parecía enorme, lo menos tres metros de altura. Según entrabas tenías todo el campo del mundo para dejar los coches, pero para llegar a la casa tenías que bajar por un pequeño terraplén. Una vez abajo llegabas al porche-terraza, delimitado por varias columnas de ladrillo de metro y poco de altura, unidas con barras de hierro. La finca estaba en cuesta, lo que significaba que debajo de esa terraza había una pequeña caída y más campo aún, rodeando toda la casa. En frente de la terraza había un árbol milenario al que le habíamos añadido un columpio manufacturado, y puede que en otro árbol hubiese una canasta y todo, porque recuerdo a mis hermanos y los hijos de todos los demás jugando a algo a lo que no podía jugar por ser demasiado pequeño. Defectos de haber nacido con diez años de retraso. En esos momentos me perdía por allí (había espacio, desde luego). Tenía un rinconcillo que me molaba especialmente. Era una piedra gigante que tenía otra piedra un poco más pequeña justo detrás. Entre medias, mi minúsculo cuerpo cabia perfectamente sentado, con lo que, de forma instantánea, se convirtió en mi nave espacial particular. A la hora de comer montábamos una buena dentro de la casa. Lo primero que encontrabas nada más entrar era un pequeño salón-recibidor con una chimenea al fondo. A la izquierda de la chimenea, la cocina y el baño, a la derecha, las habitaciones (tres o cuatro, no recuerdo bien), con puertas correderas de plástico semejantes a las que había antes en los vagones de los trenes, y con camas con cabeceras de aluminio y muelles ruidosos. La mesa se colocaba a lo largo de todo el salón. Ah, y no he hablado de la puerta mosquitera que hacía un ruido tan carectérístico. A la izquierda, según entrabas, había otra habitación (lo acabo de recordar), allí mi hermano creo que pilló su primera borrachera de anis, con dieciséis años o asi. Mi familia es que es muy particular para algunas cosas. Después de comer a la gente le entraba la modorra, pero yo no era de siestas, así que salía a hacer el indio por la finca. Justo a continuación de la casa, estaba el garaje. Un garaje gigante, repleto hasta el techo de leña para la chimenea. Dentro del garaje estaba el antiguo coche de la empresa de mi abuelo. Era un hombre adinerado, incluso en la postguerra, y tenía chofer. No recuerdo el modelo, era un citroën, eso seguro, y estaba lleno de polvo y humedad, pero si tienes seis años, un coche antiguo con mampara en el lado del conductor y asientos enfrentados en la parte trasera es incluso mejor que una piedra-nave espacial. Jamás logré comprender cómo habían metido el coche allí, porque por el terraplén no cabía (se estrellaría de bruces contra la casa) y por el otro lado sólo había naturaleza en plan salvaje. Debajo del garaje había dos habitaciónes. Era una distribución muy rara, ahora que lo pienso. Las habitaciones estaban medio enterradas creo yo, y las ventanas eran tragaluces a la altura del suelo de la terraza. No recuerdo prácticamente esas habitaciones, pero sé sé que también estuve en ellas en algún momento. Por la noche ya hacía frío y no podías estar fuera, no había una sola luz. Mis padres y sus amigos jugaban a las cartas junto a la chimenea encendida mientras los amigos de mi hermana y mi hermano se turnaban al coñazo del hermano pequeño, que zascandileaba de una habitación a otra, aburrido porque ya no tenía dónde jugar. Muy pocas veces nos quedábamos a dormir, pero alguna vez sí. Recuerdo las sábanas gélidas y la estufa eléctrica al lado, y mi madre entrando a ver si estaba abrigado. Pero esas fueron las menos. Casi siempre acababa completamente dormido siendo llevado en brazos por mi padre hasta el coche, y volviendo a Madrid por la carretera, con los ojos entre abiertos, medio adormilado.

Mi padre y un servidor, haciendo el cafre.

Las partidas de cartas...

Perdido y sin ganas de encontrarme.

Pocos años después mi padre vendió la finca. Recuerdo que me enfadé. Primero vendió el coche, y creo que la montaron fina para sacarlo del garaje. Hace ya tantos años que ni recuerdo cuándo fue la última vez que estuve allí. A veces me da por imaginar que aún tenemos esa casa allí perdida. Pienso en la de cortometrajes de terror que podría haber rodado allí, en las fiestas que podría haber dado de adolescente, en fines de semana románticos con la novia, o en un sitio al que puedes correr a esconderte cuando estás hasta las narices de tu vida. Supongo que mi padre tenía buenos motivos para venderla. No parece que la echen de menos. Yo sí. Un montón.