Llego a Barajas con un no muy buen rollo en mi cabeza, una hora antes de tiempo, en un aeropuerto, donde lo que se hace mayormente es esperar, así que ahora tengo que esperar una hora hasta el momento de poder esperar dos horas antes de embarcar en un avión. Entre medias vuelvo a ver a mi viejo amigo Jaime, al que hacía casi dos años que no veía, que se nos une a Emilio y Nacho (parte de la vieja guardia Loser) y a Tania en el viaje de camino a la boda de uno de los nuestros ("one of uuus"). El resto, y muchos otros, llegaran a París repartidos por diferentes vuelos y aeropuertos. Pero este es mi viaje.

Por encima del tiempo planeado, el avión entra en la ciudad del amor y lo primero que hago es mirar embobado por la ventanilla del avión. Desde arriba París se ve gigantesca y extrañamente ordenada, según nos alejamos del centro descubro cientos y cientos de pequeños barrios o ciudades dormitorio que guardan una extraña uniformidad, aunque igual es por las alturas. Lo segundo que hago es darme cuenta de que ya no estamos en Kansas. El tiempo ligeramente otoñal de Madrid se transforma en crudo invierno francés. Pero ésta vez he venido preparado, traigo mi superbufanda y un paraguas. Aterrizamos y nos dan las maletas con una celeridad sorprendente. Todo parece ir sobre ruedas. Y entonces nos encontramos con la realidad: el trayecto desde el aeropuerto al hotel, situado en las afueras, en una especie de Majadahonda parisino llamado Rueil Malmaison, cuesta la friolera de doce euros. Dos mil pesetas. Casi lo que cuesta un autobús a Sevilla. La primera parte consiste en un vehícula llamado Orlyval, que es una especie de lanzadera especial radiocontrolada que te transporta a la velocidad del sonido desde el aeropuerto de Orly hasta una estación de Rer (Cercanías, para entendernos), a mi, que me pilló desprevenido, casi me tienen que sacar con espátula del cristal trasero del vehículo. Tras un viaje considerablemente largo en el Rer (París es grande, repito, y sus trenes también lo son), llegamos al pueblecito en cuestión, donde un taxista tarda cinco minutos en limpiar el asiento del copiloto, para acto seguido mantener una dura pelea con su gps y el callejero para llevarnos a nuestro hotel que estaba, básicamente y sin exagerar, en linea recta a un kilometro escaso desde la estación. El hotel es propiedad de una franquicia y tiene ese ambiente absolutamente desalmado y carente de todo encanto que desprenden las cosas hechas en serie. La habitación es extremadamente pequeña, pero al menos está limpia y total, qué más dá.

Salimos a cenar algo por el pueblo. Es jueves, pero Francia no es España. Aquí no hay bares por todos lados, y la gente se oculta en sus casas. Las calles están desiertas y hay pocos sitios donde pararse a tomar algo, y en cualquier caso los cierran demasiado pronto para nuestro gusto. Nos comemos unas pizzas mientras el Paris St. Germain empata a cero con no sé qué equipo y luego preguntamos por algún sitio donde tomarse una cerveza o algo semejante y que trasnoche un mínimo.

Buscando en la soledad de la noche francesa...

Nos cruzamos con dos portugueses que discuten entre ellos sobre si el sitio al que nos dirigimos está abierto o cerrado. Está abierto. En la entrada de un Pub estandar con bastante encanto hay un gorila de dos por dos que nos mira como si le fuéramos a hacer algo malo. Una vez asentados, Manuel, el novio, nos llama para ver qué tal hemos llegado y para decirnos que esta noche no podrá vernos, pero que lo pasemos bien. A los cinco minutos aparece con Jamilé, la novia, dándonos una sorpresa y una alegría a partes iguales. El gorila de la puerta, en cambio, no está tan feliz. A la media hora se acerca a nosotros y, con cara de asesino, nos dice que van a cerrar, como si eso supusiera que tenemos que correr por nuestra vida. Manuel, diplomatico como siempre, le dice que de acuerdo, y que muchas gracias. El gorila le mantiene la mirada sin que nadie acierte a comprender qué está pasando. El resto de clientes, no demasiado satisfechos, salen corriendo como si de una película del oeste se tratase. Al final nos vamos con la impresión de que hay ciertas formas de tratar a la clientela de tu local que deberían estar penadas por la ley. Pero la sangre no llega al río, y Jamilé quiere enseñarnos su casa, lo que nos apetece muchísimo a casi todos menos a Manuel, que contaba con esta noche para hacer sus deberes de la boda con algo de tiempo. Pero es el novio y tiene que hacer sacrificios, todo sea por la amistad, y porque hacía siglos que no nos reuníamos todos juntos.

Reunión de madrugada, los pocos que faltaban se nos unen, estamos ya todos, o casi todo, que algún despistado está en París durmiendo. Unas cuantas risas, un gato absurdamente dócil, unas bebidas y unos jamoneros después, Manuel se ve obligado a echarnos para acabar con sus tareas que seguramente le tendrán despierto toda la noche y nos lleva hasta el hotel.

A la mañana siguiente, un tardío (para los franceses) desayuno, y partimos para la ciudad en el metro. Llegamos ante la torre Eiffel y de pronto me doy cuenta de que estoy en París. Cuántas veces habré visto esta imagen en pelis o fotografías y ahora de pronto, me veo delante. Tengo que salir más de casa. El tiempo empieza a ponerse jodido. Justo debajo de la torre, rodeado de hordas de gente que quiere subir por cualquiera de las tres torres abiertas, empieza a nevar... y a caer chuzos de punta, algún pardillo de nuestra expedición se ha venido de Madrid con una sudadera y las pasa putas. Yo estoy bien protegidito. Hacemos una parada para repostaje (café: 4 euros, tócate las pelotas) y llegamos al Arco del triunfo. Luego bajamos por los Campos Elíseos, paramos para comer, seguimos bajando, atravesamos una exposición que se inaugura al día siguiente sobre el centenario de la industria aeroespacial francesa (habrá desfile y todo), llegamos a la Plaza de la Concordia, donde hay un obelisco, entramos en no sé qué parque camino del museo del Louvre (habíamos puesto el turbo a esas alturas) y es justo entonces, cuando el sitio cubierto más cercano en cualquier dirección queda a veinte kilómetros, el momento en que nos cae el puñetero diluvio universal. Mojados (empapados, más bien) llegamos ante el Louvre. Lo justo para hacerle fotos a la pirámide de cristal y gracias. Ni plantearnos entrar a ver la sonrisa de la Mona Lisa. Buscamos un metro y nos decidimos por un autobús que nos lleve hasta la catedral de Notre-Dame, turismo express, vea París en una hora y reúna pruebas para demostrarlo. Nueva parada técnica, crepes de chocolate y café, 10 euros. Con dos cojones.

Se acabó el turisteo de postal, comienza la noche parisiense. Sandrinne, nuestra guía autóctona nos lleva por un barrio semejante a Malasaña con una curiosa salvedad, hay tantos garitos como sitios de comida, y todos con una pinta excelente, pero a mi se me antoja una crepe de nutella, que por lo visto es más típico de Francia que la tortilla francesa. Nos metemos en un sitio a escuchar musiquilla en directo, la camarera es gallega, qué cosas. Nos quedamos allí un buen rato y luego nos zampamos unas crepes saladas, menos la mia, que es de nutella, y sí, coño, está muy rica. Otro garito más y en el aire la amenaza de quedarnos sin transporte a Rueil. Corriendo al metro, Jaime intercepta a una actriz de teatro que viene contenta de hacer una felación, o eso es lo que entendemos nosotros traduciendo literalmente su repuesta. Resulta que es comediante y está celebrando las cien representaciones de su obra en el teatro. Este chico es director de cine, le dice señalándome a mí. No soy famoso me apresuro a corregir, de hecho, tampoco soy director de cine, pero eso me lo callo, que la sonrisa que me pone parece interesante. Chapurreando entre francés e inglés mantengo los treinta segundos de conversación más inútiles desde que mi profesor de literatura en cou me preguntó porqué estaba tan indolente. La chica, gracias a dios, se baja en la siguiente parada. Nos bajamos donde corresponde el búho, pero no lo encontramos, caminamos y caminamos hasta que al final lo encontramos. Le preguntamos al conductor si nos valen los billetes que hemos comprado esta mañana para todo el día (en París hay dieciochomil tipos de billete para veinticuatromil itinerarios diferentes, todos ellos caros como su puta madre, pero lo mejor de todo es que en su modernez y desarrollo sin parangón, las cacho ceporros no han descubierto aún la utilidad del Bono-metro... y cuando pides un billete de diez viajes... te dan diez billetes de un viaje... semos europeos para esto, pero estoy divagando), el caso es que el conductor nos dice que no, pero que a él se la pela, como si queremos colarnos. Jaime se emociona pensando que nos van adejar colarnos, pero nada más entrar, el revisor nos pide que le digamos a dónde nos dirigimos para darnos el billete. Ir a Rueil cuesta tres euros veinte... grunt...

Pero el día siguiente es el gran día. A las nueve de la mañana, alguien llama a nuestra habitación, me incorporo medio sorprendido, medio acojonado... quién es, pregunto... Manuel responde al otro lado: "Emilio?". Emilio, que comparte cuarto conmigo, pega un bote desde su cama hasta la puerta, ¿ha pasado algo? ¡Se cancela la boda! pienso, acojonado, pero no, Manuel sólo busca que le ayudemos con unos recadillos. Nos levantamos y vamos a desayunar algo a la plaza más entrañable del pueblo. Unos croissants, un cafe au lait y cinco euros mas tarde decidimos recogernos para arreglarnos. Vestido de traje, la elegancia personalizada, Manuel llega ante nosotros, atacado de estrés, el pobre se está encargando de TODO, que si el transporte de su familia y amigos, que si las flores en la iglesia, que si llevarle un chal a la novia... ah, pero es que él no puede ver a la novia antes de la ceremonia. Y ahí entro yo. El que entrega el chal a la novia en su casa mientras el novio recoge las flores de la floristería. Y allí nos vemos momentos después, donde agarro unos cuantos ramos muy buen puestos y nos dirigimos a la iglesia. Allí me toca atarlos con cuidado a los bancos y empezar a distribuir los folletos de las lecturas que se celebrarán en la misa. De pronto soy un priviliegiado porque he visto a la novia antes que nadie. Y es que la novia es La Novia. La Novia más guapa del universo, con la sonrisa más radiante del planeta. La ceremonia, mitad en francés, mitad en español (borra eso, casi toda en francés con algo de español y una pizca de libanés), se prolonga durante una hora más o menos. Pero ya se han casado y todos somos muy felices por ellos.

Estrés...

El problema del transporte de la iglesia al convite se soluciona malamente cuando la parte francesa (todos con coches) se largan sin avisar dejando a la parte española (todos sin coche) desvalidos y a merced de los barecillos de la zona. No pasa nada, un español cerca de un bar es un español contento. La solución: el novio y unos cuantos voluntarios se inflan a hacer viajes. Afortundamente el sitio está no muy lejos.

Pero claro, la ceremonia ha acabado a las cuatro y media, y nadie ha comido. Estos horarios franceses tienen a todo el mundo descolocado. Aperitivos libaneses se mezclan con embutidos ibéricos y la gente se da por contenta. Llegan los novios, fotos y más jamón. Los Novios son la pareja más increíble de este planeta. Son tan guapos, tan sencillos y tan enamorados que cualquier otra pareja de novios palidece a su lado. Y la gente que estamos allí los queremos y admiramos a partes iguales. A todo el mundo se le cae la baba con ellos, y tras un par de horas se hace un pase de un video que agita los lacrimales de muchos de los ojos presentes. Los míos incluídos. Love is all around.

Y llega la hora de la comida... las ocho. Sí, los franceses cenan a las ocho, como mi abuelo. Nos ponen en la misma mesa que Miguel, nuestro antiguo profesor de literatura de segundo de bup (no, no era el de la conversación antes mencionada) que dejó un grato recuerdo en la formación académica del novio (perdón, el Novio). Le tratamos de poner en antecedentes, nos recuerda a algunos, a otros menos. Yo es que era de los que se quedaban calladitos al fondo de la clase. Gonzalo le dice que una vez le puso un cero, y que desde entonces carece de autoestima, Miguel no se acuerda, pero se parte de risa pensando que Gonzalo le está tomando el pelo (no lo estaba haciendo)... La comida es bastante bastante cañera (marisco y carne, coronados con un plato de quesos... los franceses y yo mismo tenemos costumbre de comer queso después de las comidas). La parte española se pica indisimuladamente con la parte francesa por ver quién anima más el festejo, pero, aunque jugamos de visitantes, la goleada española es significativa, incluso cuando gritamos cosas en francés. Sandrinne nos pregunta si es por nuestro caracter o por el vino que hemos bebido. Bajamos a tomar los postres y a disfrutar de la barra libre. Otra curiosidad francesa, la barra libre se parece sospechosamente a un botellón español. Las cosas se acaban y nadie las repone, especialmente los hielos. Al final, poniéndonos pesados conseguimos alcoholizarnos en mayor o menor medida. Yo incluso conseguí un vaso de leche, pero no me lo bebí, Nacho me amenazó con las plagas bíblicas desatadas sobre mi estómago si se me ocurría mezclar alcohol y leche. Las cuatro tartas nupciales diferentes estaban bien buenas... La noche acabó con una mezcla de clásicos pachangueros internacionales (gracias a dios, una boda sin tractor amarillo), con especial atención a los temas franceses y españoles, para que ambas concurrencias estuviesen bien atendidas. Incluso nos despachamos con un poco de limbo que descuadernó unas cuantas espaldas.

Al final, a las cuatro de la mañana, los borrachos y los muertos nos volvimos a nuestros respectivos hoteles. Dani proclamaba que quería casarse, su novia, Barbara, parecía menos conforme y tardamos tanto en nuestro paseo nocturno que al final dimos tiempo a que los novios llegaran al mismo tiempo que nosotros y se tomaran una última cerveza en el hall de nuestro hotel. Cuando Jamilé se enteró de las reticencias de Barbara le tió el ramo a la cara para que no pusiera más excusas. Así las gasta la Novia.

Lo que ocurre aquí es que pocas veces puede uno asistir a un bodorrio en el que la felicidad se sienta tanto en todas partes. Es lo que tiene ser alguien tan genuino como Manuel, que al final en tu boda no hay nadie invitado por compromiso, en tu boda está la gente que te quiere, y que se emociona viendo la felicidad y el amor que embarga el ambiente. Pero cómo no ser féliz... y es que sólo alguien como Manuel podría enamorar hasta el tuétano a alguien tan especial como Jamilé. ¿Cómo no creer en finales felices si estabas en Rueil Malmaison, París, el sábado por la noche?