Cuando estaba en cuarto de EGB (nueve añitos) era un crío algo resabiado. La diferencia de edad con mis hermanos (quince, diez y ocho años, respectivamente) me hacía pasarme la vida rodeado de gente adulta que lanzaba ideas y conceptos al aire y que mi mente observadora cazaba y asimiliba (o trataba de hacerlo), con lo que cuando me reunía con mis congéneres de edad, siempre era yo el que tenía la última palabra en cuestiones vitales (y sobre todo, cinematográficas). Si recordáis un poco lo que era tener nueve años... bueno, digamos que tu grado de concentración es limitado, que siempre estás haciendo el cafre y/o el payaso y que lo que más te gusta es llamar la atención de los demás.

Un día, estábamos en clase y nuestra profesora Juani (menuda caña me dio con las sumas y las restas), nos mandó una redacción para la clase de religión (colegio católico, claro): "¿Cómo sería Jesucristo si tuviera una profesión hoy día?". Inquietante, lo sé. Andaba yo devanándome los sesos, cuando Juani aparece por la puerta con un chico de otra clase. Un chico mayor, supongo que iría a octavo, o incluso a BUP (en aquella época, a partir de octavo todos nos parecían gigantes). Al parecer, lo había sacado de su clase para castigarle metiéndole en la nuestra. Aún hoy, el castigo me sigue pareciendo escalofriante, cruél y retorcido a partes iguales.

El chico se sienta justo enfrente mío con una cara de asco insondable. Naturalmente, según sale Juani por la puerta, todos mis compañeros empiezan a hacer el cafre y a tratar de llamar su atención, o a tratar de putearle, o incluso a ponerle ojitos (algunas niñas). Un compañero mío se le acerca señalándome y le dice:

-Ten cuidado, ¡¡que este tío está como una cabra!!

Lo que pasa, es que a mi me gustaban un par de chicas de la clase. Y como no era guapete, tenía que conquistarlas con medios mucho más elementales. O sea, haciendo el idiota. Lo que hacía que se partieran de risa y que el resto de la clase pensara que yo hacía esas cosas de serie.

Según pasaba el tiempo, el chico lo pasaba peor. Mis compañeros se cebaban en él, y yo le miraba con gesto conciliador, comprendiendo perfectamente la tortura a la que estaba siendo sometido.

- Vaya putada (no creo que usara la palabra "putada", pero no se me ocurre otra) ¿no?
- Esto es un asco.
- No les hagas mucho caso.
- ¿Qué estás haciendo?
- Una redacción.
- ¿Sobre qué?
- Tenemos que describir como sería Jesucristo si tuviera un trabajo en la actualidad.
- ¿Y qué trabajo le has puesto?
- Jugador de baloncesto.
- ¿Jugador de baloncesto?
- Me gusta el baloncesto.
- ¿Y cómo crees que sería Jesucristo si jugara al baloncesto?
- Bueno, pienso que jugaría en el Real Madrid porque es mi equipo.
- Ya.
- Y que haría unos mates espectaculares, y que daría unas asistencias de morirse, que no sería individuaista y siempre buscaría a sus compañeros...
- Claro.
- ¿Qué pasa?
- Pero tienes que pensar en lo que aportaría Jesucristo al mundo del baloncesto.
- ...
- Cómo se lo disputarían los equipos, cuánto costaría ficharle, si la NBA se interesera por él...
- ...
- Oye, ¿por qué dicen que estás como una cabra si eres el único que parece cuerdo por aquí?
- Exacto.
- ...

Y eso pasó.

Recuerdo mi dibujo de Jesucristo, con pelo largo y perilla, camiseta del Real Madrid de baloncesto y machacando en una canasta...

Dios, a punto de marcar un triple.