Compraba al peso, o en bolsas, daba lo mismo. La cosa era diversificar los sabores. Me volvían loco los cuatro. Antes, mucho antes, me los compraban en paquetitos. Diez sugus, puestos uno encima del otro hasta alcanzar una forma de columna cuadrada. Cada columna de un sabor. Y recuerdo que en aquella época había de menta. ¿Realmente los había de menta? Juraría que sí. El caso es que me los compraban en el cine, y me los comía así, antes de empezar la película. Eso y las chocolatinas de nestle, que eran como monedas gordas y que también tenían forma de columna, o de barrilete. Pero no voy a hablar del chocolate ahora (que no). El caso, como iba diciendo, primero uno de naranja, porque los de naranja y limón eran como los menos interesantes, los más obvios. El de piña era el más exótico. Pero el de fresa era el más rico. Los iba alternando. Naranja, limón, piña, fresa... y luego cambiaba... fresa, limón, piña, naranja... y volvía a cambiar... Mi boca tenía ya un regustazo dulzón y mis dientes rechinaban de azucar, pero no podía parar. Entonces me metía un sabor de cada en la boca y lo masticaba todo junto. Ascazo. Y luego sacaba la bola gigantesca y la miraba con curiosidad (ascazo doble). Y me la volvía a meter en la boca.

Cuando comprabas una bolsa, a veces los sugus estaban un poco pasados. Estaban duros. No importaba, entonces lo que había que hacer era metértelos en la boca y domarlos con tus dientes, poco a poco, hasta que se fueran ablandando... no importaba que se cuartearan y se partieran, el tema era reblandecerlos bien blandos.

Otras veces no estaba el cuerpo para un atracón, y había que decidir cuál era el sugus para tu estado de ánimo. ¿Estoy en plan limón? ¿o en plan fresa? Estar en plan piña era realmente complicado. La piña es una fruta que no me gusta especialmente, pero el sugus de piña apenas me sabe a piña. Sabe a sugus de piña. La fresa la convirtieron en frambuesa. Era basicamente lo mismo, no sé a quién querían engañar, y el rojo del envoltorio se convirtió en púrpura. Apareció entonces el sugus de cereza. Ese gran infiltrado. Y no vino sólo. También vinieron la manzana con su envoltorio verde y algún otro sabor horripilante. Habían pasado muchos años desde mis atracones de sugus, pero la curiosidad pudo conmigo. Compré una bolsa, y eran horribles... horribleeeeeeees. Ni siquiera los de frambuesa sabían a fresa, ni los de piña a sugus de piña. Todo había cambiado. Mi vida había sido destruida. Por la manzana, la cereza y otros tantos sabores usurpadores.

O eso pensaba yo. Años (y años) después, mi historia de amor con los sugus tuvo un inesperado reencuentro. Alguien acercó a mí una bolsa llena de ellos. Los rechacé, como el amante despechado que mira con asco a su antiguo amor. Tal era mi desengaño con los jodidos cuadraditos de suchard. Pero la frambuesa (fresa) siempre fue mi debilidad, así que lo cogí, me lo metí en la boca y volví a tener cinco años. ¿Qué había ocurrido? ¿habían recuperado la cordura? ¿había vuelto el sabor de toda la vida? ¿quizá es que nunca se había ido y simplemente pillé una bolsa de caramelos caducados? Aunque ya era tarde, y los atracones pertencían al pasado. Fue una bonita historia, pero de ahora en adelante nos veríamos de tiempo en tiempo, sin la misma pasión de antaño. Y de todas formas, ahí seguía la cereza, como prueba irrefutable de que, durante un tiempo, los sugus quisieron ser otra cosa diferente de la que eran (¿manzana?? puaj)...

Y aún con todo, de vez en cuando, una bolsa de sugus se cruza en mi camino, y ese rechinar de dientes, ese sabor característico, ese combinar sabores de forma calculada... vuelven a mí. Como si nunca se hubiesen ido.

Para mi los caramelos de verdad, los genuinos, se masticaban.

¿Y por qué los palotes sabían igual que los sugus de frambuesa (fresa)? ¿¡Eh!???

¡¡Fijaos, fijaos!! Aquí abajo... Son los paquetitos por sabores que decía... ¡y hay uno verde! ¡El sugus de menta existía!!!