Para la Mujer Pulga no había sido una buena temporada. Sí, llevaba meses a la cabeza del ranking de cruzados enmascarados... nadie había encerrado más maleantes que ella, y para colmo su popularidad iba en aumento sin ánimo de decrecer. Sus fotos en Vogue ("moda superheroica") o Vanity Fair hacían enloquecer a los hombres y suspirar de envidia a las mujeres. Su nombre era de los más buscados en Google. Era la más admirada e incluso desde algunos medios se estaban lanzando rumores sobre un posible noviazgo con el Capitán Beltenebros. Bajo la personalidad de Amparo Tapias, frecuentaba las fiestas más exclusivas, asistía a clases en la universidad y supervisaba personalmente un par de las organizaciones caritativas que el dinero de su padre podía sostener. Y, pese a todo, pese a que era admirada y deseada por igual en las dos identidades bajo las que vivía... su nivel de exigencia consigo misma era, de lejos, mucho peor que el que pudiera imponerle cualquiera de las personas que la rodeaban en su vida diaria.

Roque Tapias, su padre, creía que el origen de todo eso se debía a la repentina muerte de su madre cuando Amparo contaba con cinco años de edad. El sentido de la responsabilidad siempre había sido elevado en ella, pero a partir de ese momento nunca se dejó flaquear. No admitía ser la número dos. Por ese motivo a Roque siempre le extrañó que su hija se juntara con un aburrido doctor en química orgánica.

Julio, desde su pequeño laboratorio casero, trabajaba incesante en una fórmula capaz de acabar con su decadente estado de ánimo. Era algo tan genial y tan fascinante que no podía creer cómo no se le había ocurrido antes. Mientras trabajaba sin descanso, sólo podía pensar en Amparo, en la Fantástica Mujer Pulga y en todo lo que les quedaba por vivir juntos. Si es que su plan tenía éxito, claro.

Para Julio las opciones estaban claras. No podía ser mejor doctor en química orgánica de lo que ya era, pero podía intentar ser mucho más poderoso como el Hombre Pegajoso. Quizá, incluso, sus poderes aumentarían tanto que su nivel de poder sería equiparable al de Superemo, el hombre más poderoso de la Tierra (si bien con un nombre algo confuso). Todo era cuestión de fórmulas matemáticas y ecuaciones sin fin. Un accidente le transformó en lo que era... si pudiera reproducir las condiciones en las que ese accidente tuvo lugar, y aumentar las dosis de los compuestos, sus poderes deberían verse aumentados exponencialmente. Era arriesgado. Muy arriesgado, pero la recompensa merecía la pena el riesgo. La Mujer Pulga no podía estar con alguien cualquiera. Ni siquiera con un superhéroe cualquiera.

Pero la Mujer Pulga, que acababa de rechazar una oferta para unirse a los Vigilantes (rechazo que causó una tremenda sorpresa en el Capitán Beltenebros, quien tendía con demasiada frecuencia a creer lo que los titulares decían sobre él), tras desmantelar la enésima red de tráfico de armas en el distrito sur de la ciudad, y entregar a los criminales a la justicia ordinaria, trepó con un par de poderosos saltos a lo alto de la torre Errekáo, se sentó en el filo de la cornisa y se quitó su elegante máscara. Allí empezó a pensar en las interminables aventuras de los últimos meses, en los criminales que había metido entre rejas, en la popularidad que estaba ganando y que parecía no dejar de crecer, en las portadas de revistas, en las fiestas, en los incontables amigos y pretendientes que le salían por todos lados... y mientras pensaba en todo eso las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas. Sin que supiera muy bien por qué. A lo mejor porque había llegado un punto en que ya no podía disfrazar más la tristeza, o porque no importaba lo mucho que hiciese por otras personas si al final ella volvía al hogar de la Mujer Pulga igual de vacía que se había marchado... Sentada al borde del abismo, con la puesta de sol de fondo, no llegó a oír al silencioso testigo de su desdicha.

"No puedes cargar todo el peso del mundo sobre tus hombros, ¿sabes?". La voz sonó profunda y autoritaria, y terriblemente familiar. La Mujer Pulga alzó la vista enjugándose las lágrimas y contempló una figura que llevaba varios años desaparecida: el Fantástico Hombre Pulga... "¡¿Papá?!". "¿Qué tendrán estos rascacielos que nos gusta tanto quedarnos mirando al vacío?". Amparo le miraba con una mezcla de curiosidad creciente al ver a su padre con su antiguo uniforme, y con un poco de fastidio infantil por verle inmiscuirse en su vida privada. "La vida es algo más que combatir el crimen y sacar buenas notas... supongo que ya lo sabes". "Pues claro que lo sé, ¿qué insinúas?". "Insinúo que la vida es algo más que combatir el crimen y sacar buenas notas...". Amparo volvió la vista hacia el infinito. "¿Te has puesto tu antiguo traje sólo para decirme eso?". "¿Te parece poco?". Su padre se sentó junto a ella, si bien mantuvo su máscara en su sitio. "A veces basta con mirarse desde fuera para ver lo que de verdad quieres o necesitas." "No sé lo que quiero... sé que me debo a los demás, que luchar por la justicia es lo que da sentido a mi vida, pero no consigo sentirme bien... nunca acabo de estar bien". "¿Nunca?" Amparo le miró, sin saber a qué venía ese tono retórico, pero comprendiendo. "Tenía que proteger mi identidad secreta. Tuve que dejarle o me hubiera comprometido". "¿Pero cuál de las dos es tu identidad secreta?... Las cosas, casi siempre, son mucho más fáciles de lo que creemos. Deja que tu corazón hable, y no te preocupes tanto de tu identidad. Mírame, vuelvo a ser el Fantástico Hombre Pulga." "¿Qué? ¿Por qué?" "Porque mi legado es una losa demasiado grande para alguien con un corazón tan grande como el tuyo, y aún no estás preparada... ni yo lo estoy para la jubilación. Hazle caso a tu padre." Amparo sintió unas ganas enormes de gritarle que sí que estaba preparada, que no había dejado de estarlo en estos tres años que llevaba llevando el manto de la Mujer Pulga y que... que... pero también tenía unas ganas enormes de abrazar a su viejo mentor y desahogarse en lágrimas de agradecimiento por permitirle aflojar un poco el nudo que su propio exceso de responsabilidad había formado alrededor de su cuello. De modo que lo hizo. Le abrazó como si su padre no fuera el primer gran superhéroe de la Edad de las Maravillas...

Mientras tanto, el segundo nacimiento del Invencible Hombre Pulga estaba a punto de tener lugar. Las operaciones habían dado resultado, las ecuaciones tenían todas las incógnitas despejadas, Julio Ortega estaba a punto de traspasar el umbral de lo humano para alcanzar lo (semi) divino. Sólo esperaba que la descarga de electricidad no acabara con él antes de que la superfuerza se apoderase de su organismo. Era un todo o nada. Pero ¿quién quiere vivir en la nada? Julio iba a tirar de la palanca cuando de la televisión empezó a salir un noticiario de última hora...

Al Fantástico Dúo Pulga, el golpe de estado militar al planeta Tierra dado por varios gamusinos infiltrados entre altos mandos del ejército y de los gobiernos de las grandes potencias mundiales les pilló en medio de un emotivo abrazo en lo alto de la torre mas elevada de la ciudad. Fueron afortunados. Los gamusinos, conscientes de que un ataque frontal no tenía posibilidades ante seres tan poderosos como Superemo y el Capitán Beltenebros, llevaban meses infiltrándose en nuestra sociedad... hasta tal punto que acabaron por apoderarse del planeta y secuestrar a los superhéroes sin que nadie pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Afortunadamente, el Hombre Pegajoso estaba a punto de volver del retiro... o eso pensaba Julio cuando accionó el interruptor-palanca que descargó un torrente de electricidad filtrada a través de compuestos químicos (volubles la mayoría de ellos) en su cuerpo. En medio de las cotas insondables de dolor y agonía que sintió Pegajoso durante los siguientes minutos, sólo una imagen le hizo mantener la cordura y aferrarse a su fuerza de voluntad para superar el proceso de convertirse en un semi-dios. Amparo, abrazada a él, susurrándole...

"Te quiero".

"Creo que esa es nuestra señal de entrada". Pero el Hombre Pulga no pudo dar ni dos pasos antes de que dos agentes gamusinos le rodearan y se echasen sobre él. La Mujer Pulga, cuyos increíbles reflejos aún estaban por descubrir su verdadero potencial, se escurrió entre las sombras y, dando saltos de centenares de metros, se perdió entre los callejones de la ciudad, rezando para que nada malo le ocurriera a su padre. Los gamusinos se hicieron con el planeta en pocos días. Ni uno solo de la población superpoderosa de la Tierra consiguió escapar de sus detectores de genes alterados. Los Vigilantes al completo (equipo suplente incluido) habían sido apresados con tan sólo unos minutos de lucha, y el resto de héroes les siguió poco después. En apenas cuatro días, el planeta sólo contaba con la ayuda de la Mujer Pulga... o eso se creía.

De entre las ruinas de un laboratorio casero de química orgánica de andar por casa, Julio Ortega parecía a un paso de la muerte. La terrible explosión, que en la confusión de la invasión silenciosa fue tomada por el efecto de un rayo atomizador gamusino, pasó inadvertida entre el vecindario, que de todas formas nunca reparó mucho en el silencioso habitante del piso siniestrado. El cadáver, sin embargo, no pudo ser recuperado.

Amparo apenas había tenido tiempo para trazar un plan. Pero la improvisación siempre se le dio bien. Hacía meses que no sabía nada de Pegajoso, ignoraba si también se encontraba en la nave gamusina o si simplemente había muerto en algún intento desesperado por mantener alejados a los invasores. Pegajoso, de todas formas, no parece del tipo de los que mueren fácilmente.

La Fantástica Mujer Pulga salió de las sombras caminando hacia una de las naves insignia de los gamusinos. El sol se recortaba contra su figura haciéndola brillar al contraluz, su caminar decidido y firme hacía parecer que era ella la que llevaba ventaja contra los millones de soldados invasores... hasta que finalmente llegó ante ellos.

"Os puedo asegurar... que no vengo en son de paz".

(concluirá...)