Los gamusinos no lograron llegar a entender que la Mujer Pulga podía tener un as en la manga cuando se plantó ante ellos con modos tan poco pacíficos. Es dificil pensar que unos seres con tan poca capacidad de reflejos pudieran apoderarse silenciosamente del planeta. No obstante, silencio es lo único que no obtuvieron en aquel preciso momento. El sonoro estruendo que causaron las explosiones sirvió al propósito de la Mujer Pulga... nadie se había percatado de los cuatro explosivos plásticos que había alojado a lo largo de la superficie de la nave insignia con cuatro rápidos saltos de una agilidad y precisión tales que escaparon a todos los detectores de los gamusinos. Con el estruendo y la sorpresa causados, la Mujer Pulga penetró rápidamente en el interior de la destrozada nave con un único propósito: apoderarse de las claves de entrada de la nave-prisión que encerraba a los héroes.

Mientras corría y saltaba a lo largo de los restos de la nave accidentada, dejando fuera de combate a cuanto gamusino se le pusiera por delante, la Mujer Pulga no podía dejar de pensar en la terrible responsabilidad que tenía sobre ella, y en cómo le gustaría que alguien como su padre pudiera acompañarla. Su padre, o bien cierto doctor en química orgánica con afición a vestirse de superhéroe. Al llegar al puesto de mando de la nave, todas estas ideas tuvieron que desaparecer de su cabeza. Se sentó a los mandos mientras a su alrededor el caos y la destrucción se adueñaban de la nave y empezó a teclear mientras asimilaba instintivamente los complicados códigos de comunicación de los extraterrestres. Cuando creyó encontrar los códigos necesarios se levantó, con la idea de abrir un agujero por encima de ella y salir al exterior mientras la nave acababa de descomponerse, pero algo la hizo detenerse... ante ella tenía los códigos de acceso para el humidificador supremo, el arma definitiva anti-gamusinos que éstos guardaban en su nave nodriza. Seguramente fueron esos segundos que empleó en memorizar aquel código lo que provocó que se viera rodeada de invasores apuntándola con rayos atomizadores.

"Estás rodeada", le dijo el comandante gamusino. "Si me hubieran dado un céntimo cada vez que he oído esa frase...".

Y entonces ocurrió. Uno tras otro, los soldados invasores cayeron golpeados por alguna fuerza invisible. El comandante, asustado, miraba en todas direcciones buscando el origen de semejante ataque. Cuando creyó entrever algo, ya fue demasiado tarde. Un tabique de la nave, de varias toneladas de peso, le golpeaba con una fuerza inhumana. El Nuevo Hombre Pegajoso apareció de pie, jadeando pero sonriente, en mitad de la estancia. La Mujer Pulga sonrió al verlo. Los dos se miraron, a punto de explotar de felicidad. "Pensé que te vendría bien un poco de ayuda", le dijo él con ironía. "¿Por qué has tardado tanto?", respondió ella.

Cuentan algunos que el abrazo en el que se fundieron los antiguos amantes en aquel preciso momento provocó un pequeño movimiento sísmico cuyo epicentro se habría encontrado justo bajo sus pies. Eso dicen.

Julio empezó a contarle emocionado a Amparo cómo había descubierto la forma de aumentar sus poderes por medio de un peligroso experimento. Ella le habló de su padre, de cómo había heredado sus poderes de él, y de cómo representaba los valores e ideales a los que ella siempre había aspirado. Él la escuchó. Ella le escuchó. Los dos siguieron hablando emocionados. Él la hizo reír. Ella le besó en la mejilla. Los dos hablaron de sus poderes, de cómo rescatar al resto de superhéroes, de cómo conseguir una nave para salir al espacio exterior, de formas nuevas de pasar el rato. Juntos. De lo que les quedaba por delante. Del humidificador supremo. De reconquistar el planeta en nombre de la libertad y la justicia. "Pues a ello".

Conseguir una nave espacial no fue tan complicado. Pegajoso era un buen amigo de PowerDan y habían compartido aventuras a menudo. PowerDan, que no encontraba mucha gente capaz de entender su complicado humor basado en física cuántica y ecuaciones de quinto grado, le había dado a Pegajoso la contraseña de su guarida donde guardaba, entre otras muchas cosas, un pequeño vehículo con capacidad para volar fuera de la atmósfera terrestre. Pegajoso le había correspondido prestándole parte de su colección de dvds ya que aún no había considerado la posibilidad de hacerse con un vehículo propio. Amparo se ofreció entonces a regalarle una Pega-moto con ruedas adherentes para trepar por los edificios, pero Julio no pareció demasiado cómodo con la idea.

Una vez en el espacio exterior, sólo tuvieron que maniobrar entre varios cientos de naves enemigas, disparando torpedos de protones y rayos iónicos que inutilizaban los vehículos gamusinos, hasta conseguir descubrir la nave-prisión. Acordaron que sería la Mujer Pulga la que liberaría a los prisioneros mientras Pegajoso se dirigiría hacia la nave nodriza para armar el humidificador supremo y obligar a los gamusinos a abandonar de una vez y para siempre el planeta. El plan parecía infalible puesto que los nuevos poderes de Pegajoso le hacían prácticamente invulnerable. Pegajoso, sin embargo, le había ocultado un pequeño secreto a la Mujer Pulga. Sus poderes, por inabarcables que parecieran... eran limitados. Julio había empezado a notar, prácticamente desde que escapó de debajo de los escombros de su antiguo laboratorio que, a medida que iba usando su superfuerza, su super-adherencia y su supervelocidad... sus poderes iban disminuyendo. No sabía cuánto le quedaba, sólo deseaba que fuera suficiente para repeler la invasión gamusina. Y quizá le quedara ánimo suficiente como para mirar a los ojos a Amparo y despedirse. Todo o nada. Pero ¿quién quiere vivir en la nada?

La Mujer Pulga llevó a cabo su misión de forma sorprendente. Los gamusinos no estaban preparados para contener su agilidad sobrehumana. Sólo necesitó su traje de resistencia a la atmósfera cero (con un diseño influenciado, muy poco disimuladamente, por Gaultier), su pericia informática y su innato sentido de la orientación (rasgo que sospechaba haber heredado de su madre, y no de la pulga totémica en cuestión). Cuando el Capitán Beltenebros vio cortadas sus cadenas inhibidoras de poderes arrancó la puerta de la prisión de un solo puñetazo y salió al pasillo de la nave con cara de muy pocos amigos. La Mujer Pulga, sin apenas una mota de polvo en su traje de espándex le miraba sonriente. "Vamos a cazar gamusinos..."

Y el infierno se desató sobre la nave-prisión, que en poco menos de una hora fue tomada a la fuerza por el grueso de los Vigilantes, mientras Superemo, guardado bajo siete llaves en la mazmorra más profunda, y escoltado por las siete gemas brillantes de Quark (único material en el universo al que es vulnerable), era finalmente liberado. La Mujer Pulga volvió a abrazar a su padre y luego les contó a todos la misión que Pegajoso estaba llevando a cabo en la nave nodriza. Todos se miraron entre ellos. "¿Pegajoso? ¿solo? ¿en la nave nodriza? ¿humidificador supremo?". Casi todos le conocían, y por eso todos eran conscientes de que la tarea le quedaba demasiado grande. "Eh, dadle un voto de confianza, es mi chico, ¿vale?". Hay quien asegura que una lágrima asomó por los brillantes ojos del temible Capitán Beltenebros cuando esa frase fue pronunciada. El Hombre Pulga, en cambio, no pudo reprimir una media sonrisa de satisfacción al oír a su hija.

Sin embargo, Pegajoso, que había conseguido estrellar su nave contra el ala oeste de la nave nodriza gamusina, llevaba bastante tiempo acurrucado en una esquina sin poder dar comienzo a su plan de conquista. Los poderes le estaban fallando. Lo había notado cuando, al poco de dejar a la Mujer Pulga cerca de la nave-prisión, le había costado abrir un bote de salsa de tomate envasada al vacío. Pegajoso sospechaba que aún quedaban residuos de sus superpoderes, pero ignoraba la manera en la que podía activarlos. Pensaba complicadas operaciones matemáticas que resolvieran sus dudas, pero nada parecía dar con el resultado. "Esto no va bien..." pensaba una y otra vez, temiendo que el resto de superhéroes estuvieran ya esperando el resultado de sus acciones, o peor, que al no ver dichos resultados se plantaran ellos mismos allí y empezaran a tomar la nave descubriéndole agazapado en una esquina escribiendo números con una tiza en la pared. Era un mal día para ser el Hombre Pegajoso. A punto de desesperar del todo, Pegajoso lanzó su tiza contra el suelo, creando un agujero que traspasó todas las capas de blindaje. Pegajoso miró alucinado el agujero que acababa de formar en el casco de la nave, mientras la tiza se perdía en el vacío del espacio. Rápidamente empezaron a sonar alarmas y la zona en la que se encontraba empezó a sellarse automáticamente. Pegajoso, por fin, se levantó dispuesto para la acción.

En la nave-prisión, el Avispón Púrpura, un poco harto de su fama de héroe empollón, estaba monitorizando todo lo que ocurría a bordo de la nave nodriza, mientras el resto de superhéroes observaban desde su espalda. "¡Se ha abierto un agujero en el casco de la nave!". Los gritos de júbilo y satisfacción fueron sonoros, pero de entre todos ellos, el mas ruidoso fue la silenciosa sonrisa de la Mujer Pulga.

Pegajoso empezó a machacar gamusinos y no paró. Su fuerza y agilidad eran demasiado, incluso para los estandares normales de un superhéroe humano. Le costó muy poco llegar ante el humidificador supremo. El arma total, capaz de convertir cualquier planeta en una charca infecta. Cuando Pegajoso por fin consiguió cogerlo con sus manos, los gamusinos ya habían desplegado varios pelotones a su alrededor y le apuntaban. "Un movimiento en falso y desaparecemos todos". Los gamusinos se miraban nerviosos, sin saber qué hacer, esperando alguna orden... Pegajoso los miraba... era un duelo de voluntades. Finalmente varios gamusinos tiraron sus armas y empezaron a correr. Pegajoso notaba que el triunfo ya era suyo, los gamusinos fueron abandonando sus armas y alejándose corriendo hasta dejarle completamente solo.

Pegajoso había triunfado. Y la nave nodriza empezó a caer en picado hacia la atmósfera terrestre, haciéndole perder el equilibrio.

Lo que el Avispón Púrpura estaba tratando de explicarles a los Vigilantes y a los demás héroes, era que los gamusinos, por cobardes y rastreros que parecieran, eran criaturas de muy mal perder. Al parecer estaban saboteando su propia nave con el fin de estrellarla contra la Tierra y hacer desaparecer el humidificador. "Sí, lo sé, no parece un plan muy brillante, pero yo sólo he dicho que tienen mal perder, no que sean buenos estrategas", se defendió el Avispón ante las miradas de perplejidad que iba recibiendo. La Mujer Pulga sin embargo, se negó a quedarse de brazos cruzados y cogió una pequeña lanzadera para rescatar al hombre que amaba.

Pegajoso creía que sobreviviría al impacto. Mientras veía a los gamusinos huir en pequeñas cápsulas de escape, fue pensando que, en el peor de los casos, no iba a ser una mala manera de morir. Salvando al planeta y con el humidificador en sus manos. Si tenía suerte alguién podría coger algo de su adn y reconstruirle en el cuerpo de un clon. Le asustaba un poco la posibilidad de que todos sus recuerdos se perdieran por el camino, y que olvidara la alucinante sensación de estar con Amparo, lo que sentía cuando la miraba a los ojos, o esa pequeña sacudida que le daba en el corazón cuando la veía llegar de lejos. Pensaba que, ciertamente, era mejor morir que vivir sin esos recuerdos. Pero Amparo ya iba hacia él... sin saber muy bien qué plan seguir, pero confiando en su capacidad para la improvisación. Aunque una vez que la nave se adentró en la atmósfera, toda la confianza en sí misma que siempre había guardado comenzó a menguar.

La nave caía en picado. Mirando por alguna de las ventanillas, Pegajoso estaba seguro de que iba a caer contra el océano. Al menos no habría víctimas, ni daños materiales. Mientras sus poderes aguantasen... digamos, diez minutos más, no habría problema. Sostenía el humidificador en las manos pensando que los gamusinos habían huído, con lo que ya no necesitaba armarlo, y de todas formas hacerlo en el interior del planeta podría causar su destrucción, de modo que no estaba seguro de lo que podría hacer con él una vez se estrellase. Contra todo pronóstico, Pegajoso tardó mucho menos de diez minutos en averiguarlo.

La Mujer Pulga aterrizó sobre el agua. La nave nodriza había provocado un pequeño tsunami al impactar contra el mar, pero ya parecía haber pasado lo peor. Amparo se lanzó al agua, pensando únicamente en sacar con vida a Julio.

Éste había sobrevivido al aterrizaje. Su superfuerza le había salvado, sin duda, de morir con el cuello roto al impactar el vehículo contra el agua. Sin embargo no había podido evitar soltar el humidificador con el golpe. "Bueno", pensó, "¿que mejor sitio para un humidificador que el fondo del mar?". Y entonces empezó a nadar hacia la superficie, dando gracias a su superfuerza por evitar que la succión de la nave al hundirse le arrastrara hacia el fondo del mar. Julio nadaba y nadaba, pero la superficie no acababa de llegar. Nadaba y nadaba, y entonces comprendió que, esta vez sí, había perdido sus poderes para siempre, y que estaba siendo arrastrado hacia el fondo... por eso la superficie no parecía llegar nunca. Sin poderes, su capacidad pulmonar se había reducido drásticamente y empezaba a perder la consciencia, por eso, cuando levantó la vista una última vez hacia donde debía quedar la superficie, creyó ver un ángel nadando hacia él.

Amparo no era la mejor nadadora del universo. Las pulgas no son famosas por su buena relación con el agua, sin embargo podía ver la nave hundiéndose como un gigantesco ídolo caído y esa era la dirección que sabía que tenía que tomar. Julio acabaría saliendo. Era superfuerte, ahora mucho más que ella. Saldría.

Cuando sus ojos coincidieron, Julio tomó conciencia de que no era un ángel quien venía a rescatarle, y Amparo comprendió que, de alguna forma, él ya no conservaba sus poderes. Ella empezó a nadar todavía con más y más fuerza, esperando el momento de poder alcanzar su mano y agarrarle. Julio también empezó a patalear con todo lo que quedaba de su voluntad, y estiró la mano, buscando la de su preciosa Mujer Pulga, deseando más que nunca tener su poder de adherencia intacto... para poder agarrar a Amparo y no soltarla nunca. Nunca, nunca, nunca... Estaban apenas a unos metros, podían verse los ojos perfectamente y Julio quiso aprovechar ese fugaz momento para despedirse de ella, para decirle, con solo su mirada, que conocerla había dado sentido a su vida y que volvería a repetirlo mil millones de veces si fuera posible. Y ella supo lo que le decía, y quiso contestarle que para ella no había habido nada más importante que sentirse querida por él, y que iría a buscarle al mismo infierno si eso fuera posible... pero no le dio tiempo a decirselo, porque lo único que salió de sus ojos fue el miedo más atroz. El miedo a perder lo más valioso que jamás había tenido. Justo ella, que siempre lo había tenido todo.

El Nuevo Hombre Pegajoso se perdió en la inmensidad del océano, arrastrado por una nave muerta. La Fantástica Mujer Pulga se quedó flotando a medio camino del abismo infinito, sin ánimo de recuperar el aliento... hasta que unas manos la agarraron por la cintura arrastrándola a la superficie. El Hombre Pulga al rescate.

Durante los siguientes días se sucedieron homenajes sin fin, se escribieron poemas épicos y se erigieron monumentos en honor al Hombre Pegajoso. Amparo se encerró en su mansión bajo la preocupada mirada de su padre. Los festejos en todo el planeta por la reconquista fueron estruendosos. Una nueva época de armonía entre las naciones comenzó a nacer. Amparo dejó pronto de derramar lágrimas. Se quedó sin ellas. Al poco desapareció de las listas de superhéroes populares, y de internet, y dejó de ir a fiestas llenas de pretendientes. Fue una época mala para ser la Mujer Pulga, pero saber que había comprendido todo lo que sentía por Julio antes de perderle, le ayudó a salir del bache. Ya no era una persona de auto exigencia infinita. Había aprendido a verse a través de los ojos de la gente que la quería, a ver sus virtudes y no sólo sus defectos. Y pensó que eso debía ser suficiente para ella. Luego pensó en la vida que le habían arrebatado y lloró un poco más. Pero sólo un poco.