Cuando la madre de Estrella dio a luz a su preciosa hijita de pelo azabache, pudo contemplarla durante unos segundos con la felicidad dibujada en su cara antes de fallecer. Su padre es posible que siempre guardara algo de resquemor hacia su hija, pensando que quizá, sólo quizá, Estrella (así habían decidido llamarla, meses antes de su nacimiento) había matado a su madre al poner pie en nuestra realidad. Pero claro que la quiso. Como un padre puede querer a una hija.
Estrella iba a ser la primogénita de nueve hermanos, pero el repentino e inesperado fallecimiento de su madre la convirtió en hija única. Su padre nunca volvió a casarse, ni a emparejarse, ni tan siquiera a acostarse con mujer alguna. Para él, el amor había venido a visitarle una vez y sólo una. Y ni tan siquiera se molestó en tratar de buscar otras mujeres para rellenar un hueco que con los años fue haciéndose mayor.
A los cuatro años, Estrella tenía pocos amigos, pero le gustaba decir que tenía novio, aunque no tuviese realmente claro qué significaba tener novio. Su novio, decía, se llamaba Alberto. O Albertito como le gustaba decir a su padre con tono burlón, sospechando que en realidad su existencia no ocurría más allá del cerebro de su hija. Pero Alberto era real. Iban de la mano al parque, jugaban en la arena, subían a los columpios, se prestaban los muñecos. Estrella era una niña increíblemente guapa con un pelo insólitamente largo para una niña de su edad. Alberto sabía que su novia era especial, lo supo poco después de conocerla, y lo supo en el preciso momento en el que sus labios tocaron los de ella, de forma tan divertidamente inocente como puede ser un beso entre dos niños de cuatro años que no entienden lo que significa darse un beso en los labios. Estrella se rió, sin entender a qué venía, y Alberto enrojeció inmediatamente. Ella volvió a su casa trotando, riendo, saltando y gritándole a los pájaros. Alberto murió atropellado por un camión que tomó mal una curva camino de la casa de su madre.
Si alguna vez sintió que le echaba de menos, pronto se le olvidó. Estrella se convirtió en esa clase de adolescente que parece pasar desapercibida hasta que te fijas en ella. Con dieciséis años algún chico de su clase trataba de conquistarla y algún otro la hacía reír, pero ella sólo tenía ojos para el que jamás le dirigía la palabra. Jaime siempre pasaba la mirada por encima de Estrella sin realmente mirarla nunca. Quizá le costaba encontrar a la chica bonita que se escondía detrás de esa larga melena de pelo lacio y negro como el carbón, o quizá simplemente, no le parecía tan bonita. En la fiesta de graduación, Jaime había bebido mucho más de lo que correspondería a alguien de su edad, y se había liado o metido mano con al menos dos o tres de sus compañeras de curso, datos que Estrella ignoraba completamente cuando él le pidió ir a dar una vuelta, tambaleándose y arrastrando las consonantes mientras hablaba. Se besaron y se metieron mano, lo justo y prudente cuando tienes dieciséis años y el sexo aún no es una prioridad en tu vida. A Estrella le gustó, Jaime se fue a casa, pasó una tremenda resaca y olvidó completamente que nada de todo aquello había llegado a ocurrir. A Estrella no le molestó.
Cuando empezó la universidad, conoció a alguien realmente interesante. Hablaron muchos días, faltaron a clase, fueron al cine, y acabaron haciendo el amor en el coche de él, un viernes en el aparcamiento de su facultad. Empezaron a salir. Estrella y Juan, el hombre impoluto. El padre de Estrella lo conoció a los pocos meses y le pareció un posible yerno más que correcto, y estuvo convencido de que su difunta esposa también lo habría aprobado. Juan acabó la carrera y comenzó a trabajar, al igual que Estrella. Cuando llevaban seis años juntos, Juan le propuso matrimonio. Estrella no vio inconveniente alguno en casarse y la boda tuvo lugar un año más tarde. Otro año después, Estrella estaba embarazada, un hecho que provocó un pequeño pinchazo de temor en su padre.
Dio a luz un frío diecinueve de enero, sin problemas ni complicaciones, y la mirada de satisfacción que Juan le dedicó cuando meció a su hijo por primera vez llenó de alegría la cara de Estrella. Cuando Juan cruzó la calle para comprarle a su esposa el mayor ramo de flores que podía pagar, cayó fulminado por un paro respiratorio cuya causa fue imposible de determinar. La hija de Estrella, Carla, empezaba su vida igual que su madre.
Cuando Estrella cumplió treinta años, su hija tenía ya dos años y le gustaba correr por el parque y jugar en los columpios. Estrella siempre la vigilaba, empujada por su amor de madre y por una pequeña e insistente señal que golpeaba su cabeza de vez en cuando recordándole lo frágil que puede ser una vida. Un día, Carla consiguió trepar hasta lo más alto del columpio, saludó a su madre, quien respondió con alegría al saludo, y acto seguido se despeñó cayendo de bruces contra el suelo.
Carla perdió la vida camino del hospital, agarrando con fuerza la mano de su madre, quien lloró aquel día todo lo que no había llorado a lo largo de su vida. Su padre, tan triste como ella, vio confirmados sus más tristes temores, pero nunca los compartió con ser humano alguno.
Con el paso de los años, Estrella, que aún trataba de superar la pérdida de su hija, buscando consuelo en la iglesia, en los psicólogos o en quienquiera que fuera capaz de ofrecerle algo parecido a una explicación racional por haber perdido, casi desde su propio nacimiento, todo lo que más le importaba en la vida, descubrió algo insólito. Su cuerpo no parecía ni un día más viejo que hacía cinco años. Su padre también lo notó. Pero tampoco dijo nada.
Cuando cumplió cuarenta, seguía aparentando veinticinco, lo que era llamativo, pero no demasiado extraordinario. Cuando cumplió cincuenta empezó a ser confuso. Su pelo negro y largo seguía igual que siempre, su cara, sus ojos, sus manos, no envejecían ni se veian surcados de arrugas o amagos de celulitis. Su piel no tenía manchas. Comenzó a mentir sobre su edad. Al fin y al cabo, los amigos iban y venían, casi nunca se quedaban, igual que los trabajos, y apenas tenía familiares cercanos. Su padre, que ya tenía ochenta años no dijo palabra alguna. Cinco años más tarde, aquejado de una enfermedad incurable, pasó sus últimos días en la cama de un hospital, constantemente acompañado de la que los médicos creían era su nieta. Sus últimas palabras antes de morir fueron un susurro que jamás llegó a oídos de su hija.
Cuando Estrella cumplió setenta años y seguía pareciendo recién graduada de la universidad, conoció a un agradable joven en su trabajo. Él no tenía más de treinta años, pero parecía mucho mayor que ella. Enrique la conquistó con paciencia, humor, y buena conversación. Estrella llevaba casi cuarenta años sin relacionarse con ningún hombre pero definitivamente vio algo en él que probablemente nunca había visto en ninguna otra persona. Se enamoraron. A lo grande. Murió ahogado en el mar, durante una de sus vacaciones en la playa. Estrella no lloró.
A las pocas semanas se encerró voluntariamente en una institución mental. Las enfermeras comentaron entre cuchicheos lo joven que parecía para los treinta y un años que figuraban indicados en su ficha. Y pasó el tiempo. Cinco, diez, veinte años. El equipo médico iba cambiando, las enfermeras iban y venían. Estrella nunca llamaba la atención, siempre escondida bajo su melena interminable de color negro. Un día se despertó y se miró en el espejo del baño. Habían pasado cien años desde que llegó a aquel lugar por primera vez y llevaba más de cuarenta sin contemplar su rostro, de puro aburrimiento. El reflejo que le devolvió el espejo no fue nada nuevo. Ni una sola ojera, arruga o pata de gallo. Decidió no volver a mirarse en un espejo durante el resto de su vida.
La institución cerró. Cuando el joven médico que realizó todo el papeleo para el traslado de enfermos vio la ficha de Estrella frunció el ceño y corrigió lo que creyó una errata en la fecha de nacimiento con una sonrisa. Como ingresó de modo voluntario, y como cien años alejada del mundo no habían conseguido mejorar su estado de ánimo, Estrella decidió volver al mundo real. Nada había cambiado demasiado, excepto quizá, su disposición para relacionarse con la gente. Sabía que nunca, jamás, bajo ningún concepto podía dejar que nadie le volviera a importar lo suficiente. Que nunca podría volver a enamorarse ni a profesar cariño por ningún ser vivo. Y ese pensamiento la deprimió.
Alquiló un apartamento, llenó la bañera de agua caliente, se desnudó, se sumergió en el agua y se abrió las venas. Poco a poco perdió el conocimiento. Al despertar tenía la piel arrugada por el agua teñida de rojo, pero no había una sola cicatriz en sus muñecas. Estrella comprendió que tenía una extraña relación con la muerte, aunque no tenía la más remota idea de cuál pudiera ser.
La vida puede parecer algo extraño y complicado cuando no comprendes el propósito de tu existencia. Estrella meditaba sobre ello, sentada en el banco de un parque cuando levantó la vista a tiempo para ver a la criatura más hermosa que jamás había contemplado. Era una mujer, de pelo negro, lacio y largo, como el suyo, de ojos penetrantes y sonrisa contagiosa. Alguien que no conoces pero del que inmediatamente quieres saber todo. Ella le sonrió y Estrella bajó la mirada tímidamente. Se presentaron. Se llamaba, curiosamente, Carla. Salieron juntas un par de veces. Estrella tenía miedo de enamorarse, pues sabía perfectamente lo que ocurriría, pero al mismo tiempo no podía dejar pasar el momento. Lo que sentía era demasiado intenso, demasiado maravilloso como para negarse a verlo. Carla se reía de sus temores. Le contó todo. Sus doscientos cincuenta años de vida. Y ella le creyó. No dudó una sola palabra de lo que le dijo, pero seguía riéndose porque, decía, nadie nunca podía matar de amor. Sencillamente no se podía.
El día que Estrella estaba a punto de decirle "te quiero" a Carla, se dio cuenta de que su amante era su vivo reflejo. Llevaba tanto tiempo sin contemplarse en espejos que había olvidado su propia cara, y por eso tardó meses en reconocer a Carla como lo que era realmente: se había enamorado de sí misma. Aún con todo, le dijo las dos palabras a Carla, y después murió, sumergiéndose en una extraña paz.
Camino del cielo, o de lo que ella suponía que debía ser el cielo, Estrella esperaba poder aclarar ciertas cosas con el Creador o quien fuera que tuviera a bien darle alguna explicación. Al no presentarse nadie, Estrella miró el vacío que la rodeaba y, sin más, comprendió que, de alguna forma, no era su amor el que mataba a la gente... era el amor que los demás tomaban de ella lo que los mataba. Una madre ama incondicionalmente a su hija, pero ésta tarda en comprender lo que significa querer a su madre. Un esposo puede parecer que te ama, pero sólo hacerlo de verdad cuando le has dado lo que más quería en el mundo... y así uno tras otro, hasta que la única forma en la que puedes morir, es enamorándote de ti misma.
Estrella simplemente no comprendía que ella era su propia relación con la muerte, y que sólo había estado de paso. Doscientos cincuenta años. Apenas un parpadeo.





Genial. Me ha encantado. Muy bueno. Espectacular. Increible. No se que mas decir.
Me parece precioso :)
sin palabras...
¡Toma ya!
OOOOhhh!
Es muy bonito, si!
Muy chulo, me mola el final especialmente.
TE SUMO.
ME MOLAN LOS FINALES TIPO SHYAMALAN.
UN SALUDO.