Cena en casa con mis padres. Tomo las uvas por primera vez en miles de años. Salgo con tiempo porque habrá atasco. Hay atasco, pero el normal de un viernes por la noche. Nada serio. Aparco un poco más lejos de lo que me hubiera gustado, pero a la primera. Más vale pájaro en mano... Camino por Cibeles y subo por Gran Via. Gente emborrachada de aires de fiesta y de, bueno, alcohol. Llego pronto. Llamo. Llegan muy tarde. Plan B. Fiesta en casa de mi amiga (está al lado). Coca-cola Zero en vaso de plástico. Una posible serie sobre los problemas a los que se enfrenta un funcionario encargado de inspeccionar la seguridad de los sitios de trabajo. Veo suspense, culebrón y al menos doce capítulos de la primera temparada en mi cabeza. Vuelvo a llamar. Ya están allí. Arrastro a toda la fiesta en casa de mi amiga hasta un bar de moda donde no hay que pagar entrada. Algunas me miran raro, querían apalancarse en casa. Me resulta raro ser yo el que obliga a la gente a mover el culo del plan setil. Año nuevo... En el bar hay colchones a ras de suelo que te permiten beber tumbado cómodamente. Tomamos posiciones. Me bebo una coca-cola y le doy el cambiazo a una de mis amigas, pero el ron sabe demasiado mal. Un cadáver con forma de chica de unos veinte años yace acurrucada en una esquina del colchón. Se me ocurre que estaría bien acurrucarme a su lado en posición cuchara, quitarme la camiseta y esperar a que despierte para decirle "uhau, fue genial ¿verdad?" pero seguramente a ella no le haría tanta gracia como a mí. Tras un par de horas de charla se nos ocurre levantarnos para bailar. Por suerte no hay mucho que bailar, el DJ se ríe de todo el mundo pinchando el "A tu lado... me como un helado" (o algo así) y acaba la sesión con el himno de España. O nos vamos a casa o buscamos un plan decadente. La parte de la fiesta de mi amiga se retira mientras el resto nos dirigimos a un auténtico tugurio. Llamas suavemente a la puerta y te abre un vegestorio que te examina para ver si le darás problemas. El sitio parece un cabaret clandestino de la segunda guerra mundial. El dueño es Asterix con ochenta años. Habla con mi colega sobre relojes de bolsillo. Resulta que los colecciona. Tiene más de sesenta. Se ponen a charlar. Hay un piano vacío sobre un seudo escenario. Hoy el pianista tiene vacaciones ¿queréis una fabada?, nos dice el dueño. Son las siete de la mañana, voy a pasar de la fabada, pero me tomo una cerveza porque yo lo valgo. Mirando el piano le digo a mi colega "deberías tocar Piano man". Un tipo de pelo rizado se sienta al piano, hace una intro extraña y se pone a tocar "Piano man" mientras su hermano gemelo, o un clon malvado, una de dos, se sienta a su lado sin hacer otra cosa más que aprovecharse de la atención que genera el otro. Mi amiga la que llegó tarde comparte unos spaghettis con su hermana. Boloñesa. Con queso por encima. El tugurio se va llenando mientras los éxitos populares al piano van aumentando. Decidimos irnos y mi amiga me dice "deberíamos pasar más nocheviejas juntos". Y pensar que por la mañana no tenía ni idea de lo que haría.