Culminación por antonomasia de la película romántica. La épica del amante determinado en busca de su amor, a punto de irse (física o metafóricamente). El momento que compensa todo lo demás, todo lo que sale mal o no marcha como quisiéramos. Un instante para rodear con nuestros brazos a la mujer de nuestros sueños y dejar que la química la convenza de que sois el uno para el otro. Y la lluvia cae, empapándonos y enfatizando el romance que se sale por las costuras. Y la música... qué musica. Subiendo y elevando el alma porque nos podemos ver reflejados (qué mas quisiéramos) en los dos protagonistas que sellan su destino con un beso sin mirar atrás. Y si todo va bien, si el trabajo está bien hecho, si todo está en su sitio y el momento cumbre funciona como debe y se convierte en el alma de la película (de nuestras vidas), todo lo demás se olvida, se borra y se pierde entre las gotas que nos salpican la cara. Y que empiecen los créditos finales.

No es el final de la película, no os preocupéis. Pero si algún día consigo una pizca de la intensidad de esta escena podré morir tranquilo.