Mirando por la ventana sólo se ve blanco. De noche reluce mucho más. Desde la ventana de la habitación que compartimos (qué casualidad) en la que ha sido mi casa toda mi vida, hasta hace unos meses, sólo se atisba el silencio que produce la nieve. Y sumido en la oscuridad te pones a pensar, es inevitable.

Teniendo por defecto un nudo en la garganta desde hace ya demasiados días, y dejando salir lágrimas intermitentes cada no demasiado tiempo, piensas en si el frío agotador sobre el que se posan los copos congelaría tu llanto sobre tu mejilla, o si lo dejaría caer al suelo para quedarse con él. La imagen que hay al otro lado de la ventana es increíble. Poderosa, incluso, tanto por lo que es, como por lo que significa. Es parte de un sitio que has dejado de sentir como tuyo, o totalmente tuyo, y evoca todo aquello que, necesariamente, te pone triste. Como su ausencia. Unida a tu nudo en la garganta. Su ausencia.

Sintiendo que has dejado escapar algo tan valioso que no puede medirse con palabras, parece que la nieve, que lo limpia todo, refleja muy bien lo que no pudiste sentir en aquellos días, y lo que no puedes evitar sentir ahora. Que las oportunidades hay que saber aprovecharlas, porque puede que luego ya no se repitan. Sonriendo por todo aquello que compartimos (habitación, cama, casa, su perro, a veces), las lágrimas vuelven a acumularse en la rampa de salida mientras el nudo busca deshacerse... en silencio, para que los demás habitantes de la casa no se alarmen, ni sepan de tu tristeza.

Pensando en la divertida paradoja de los años que soñaste con salir de aquí para poder llorar a voz en grito, o reír, o disfrutar sin rendir cuentas o explicaciones a nadie... para acabar necesitando volver a sentir el murmullo a tu alrededor cuando el llanto te busca, implacable, hora tras hora. Será que en realidad, tu casa nunca deja de ser tuya. Ni la ventana.

Esperando que los gestos que se malinterpretan no destruyan un sólo copo de nieve, y que la luz de su presencia vuelva a ofrecerte calor para acurrucarte a su lado y, a lo mejor, contemplar juntos el frío del exterior.

Deseando tener una máquina del tiempo que te devolviera las oportunidades que desperdiciaste, te tumbas en la cama, mecido por el resplandor de la luna contra la capa de manto blanco y frío del jardín y te abrazas a los recuerdos: las sonrisas, la complicidad, y su mirada.

Soñando con que se vuelva a posar sobre ti de la misma forma. Algún día.