Así lucía el escenario 1 cuando Within Temptation empezaron con lo suyo.
Quizá me pudo el conservadurismo. El más vale pájaro en mano que ciento volando. O puede que no. La cuestión es que, visto el resultado con Rage against the machine (gente POR TODOS LADOS), me negaba a presenciar a Metallica a cincuenta metros del escenario, por lo que, voluntariamente, sacrifiqué el concierto de Machine Head. Y ahora me arrepiento. Jo.
Pero vayamos por partes. El día parecía más soleado y la sudadera que ésta vez sí me llevé amenazaba con convertirse en un bulto inútil cuando llegué, a tiempo para disfrutar la primera actuación que buscaba: otro de mis descubrimientos tardíos, el grupo de death metal (melódico) Eths, franceses que cantan en francés, cuya vocalista desprende un más que razonable morbo.
Candice Clots, la cantante de los marselleses Eths, poniéndonos firmes (en más de un sentido).
Si su último disco me pareció una muestra muy competente y original de ese “death metal melódico” (las ochenta mil etiquetas que hay dentro del metal a veces se me escapan, pero bueno, si es death metal melódico, pues es death metal melódico), lo cierto es que la impresión que me dieron en directo fue, incluso, muchísimo mejor, especialmente la de la cantante de garganta infinita (dios del cielo lo que salía por aquella boquita), que aparte de dar morbo por estar buena, cantar death metal y además hacerlo en francés, tenía un innegable carisma dentro del escenario (y creo que tiene un rollete con uno de los guitarristas, y si me preguntáis, juraría que eso le pone celoso al otro guitarrista). El caso es que el público quedó más que complacido con semejante actuación que puso a todos en órbita, y deseando llegar a los platos fuertes de la tarde-noche.
Tras encontrarme con Gonzalo y sus colegas, caminamos al escenario 1 con la intención de apalancarnos allí hasta que Metallica hicieran acto de presencia.
Eso me permitiría disfrutar en privilegiada posición de la actuación de Soilwork, que resultaron tener muchos más recursos como banda del que su último disco me hacía sospechar.
El cantante de Soilwork, un cacho sueco de esos...
La gente disfrutó mucho de este pequeño gran concierto, que vio cómo el cantante nos invitaba a crear dos inmensos círculos en medio de la gente para “moshear” a lo bestia. En muchos sitios uno diría que eso es incitar a la violencia, pero los metaleros de verdad sabemos que no hay nada como la camaradería que se desprende de una buena sesión de “empuja y rebota”, incluso aunque de vez en cuando aparezca algún zapato volando, o una mochila, o la novia pequeñita de ese tipo tan raro.
Tras Soilwork, llegó Within Temptation, cuya cantante está mucho más buena en directo que en las fotos, y que, la verdad, destempraron un poco al público, no demasiado dispuesto a ese tipo de goth-rock tan meloso. A mi me gustó mucho su actuación, pero es que yo soy fans del goth-rock con cantantes buenorras. Y con todo, consiguieron ganarse a las cincuenta mil personas que estaban mirándoles (unas cuarenta y nueve mil personas más de las que verán jamás en un concierto suyo en España)... pero allí lo que la gente quería era ver a Metallica de una santa vez.
Sharon del Adel, de Within Temptation, un primor de chica, con una voz de terciopelo, que insistía una y otra vez en el mismo movimiento de muñeca para acompañar sus canciones. Qué tontitos nos puso.
Y ese es el principal “problema” que ha habido. La programación del Electric Festival ha sido lo suficientemente inteligente como para reservar el viernes a un tipo de metal más cercano al rock alternativo o indie (Rage, Queens of stone age, Iggy Pop, Offspring...) y el sábado al metal más puro y duro (y extremo, como The Haunted, At the Gates o Eths), lo que ha provocado que el público de cada día fuera bastante diferente. El del viernes, más tirando a lo gafapasta, y el del sábado más tirando a la chupa de cuero y la tachuela. Ocurre que Metallica hace años que han dejado de ser un grupo de metal. Ahora son un grupo mainstream casi, casi como U2. Metallica tiene legiones de fans que no han escuchado un disco de Judas Priest o Iron Maiden en su vida, lo que choca de manera violenta con los jevorros de toda la vida (que, por cierto, diría que se sienten traicionados por ellos, porque vi a muy poca vieja escuela por allí). El resumen de todo esto es que tenemos a gentecilla no acostumbrada a un concierto de metal, asistiendo a un concierto de metal. Esto no debería ser ningún problema, siempre y cuando se quedaran en las filas más retrasadas, pero no, se van alante, a montar bulla, pero no saben como hacerlo (ejemplo: en el concierto de Soilwork sí se sabía como hacerlo) y el resultado estuvo cercano a la catástrofe.
Así comenzó el concierto de Metallica. Ni un puto alfiler.
Yo me encontraba aproximadamente en la fila diez, a apenas diez metros del escenario, tras el concierto de Within Temptation aguanté como un jabato sin ir a ver a Machine Head con tal de asegurar mis dos centímetros cuadrados de espacio (literalmente). Si ayer, esperando a Rage, no podías moverte ni para rascarte la barbilla, hoy, esperando durante hora y media a Metallica no podías ni meter las manos en los bolsillos. Era algo exagerado y que ponía a prueba la paciencia del más pintado. Cuando Metallica entró en escena aporreando “Creeping death” la gente empezó a empujar hacia delante provocando auténticas mareas humanas en las que sentías el peso de trescientas personas empujándote. Sobra decir que hubo desmayos, gente aplastada, gritos y miserias. Todo porque estaba lleno de niñatos incívicos que no tienen ni idea del orden que impera dentro del caos que suele apoderarse de un concierto de metal. Ejemplo: durante el concierto de Within Temptation estaba rodeado de gentecilla que apenas llegaban a los 18 años, más pendientes de salir en las pantallas cada vez que la cámara nos apuntaba que del concierto que tenían delante. Entiendo que la catetada de verte en una pantalla gigante durante los 0'2 segundos que dura un plano pueda tener cierta gracia si no has salido de casa en tu puta vida, pero al cabo de cinco minutos ya deberías poder desviar tu atención a otra cosa... como la tía buena que se desgañita en el escenario. Pues no. Luego está la nueva moda de llamar a tus colegas en medio de una canción. La gente tenía auténticas conversaciones por teléfono mientras Metallica tocaba “Sad but true”. Flipo.
Pero nos desviamos de lo que importa aquí. La música. Y es que, como decía hace un par de días, Metallica lo son todo. Puede que despierten odios por culpa de sus últimos discos. Puede que los metaleros de siempre los defenestren porque sus nuevos fans les meten en el ipod junto a Christina Aguilera (yo soy más de Britney), pero hay una cosa cierta, y es que en directo, Metallica sigue siendo la mejor banda del universo. Y la más trash-metalera (con la posible excepción de “Nothing else matters” que incluso mosqueó a un (reducido) sector del público). El caso es que el concierto fue, como siempre, antológico, tocando además temas poco usados en sus habituales checklist de conciertos (“...And justice for all”, “Whiplash” o “Bleeding me”, que me parece con diferencia lo mejor de ese disco tan largo que era el “Load”). Hetfield y compañía siguen perfectamente engrasados, su sonido es inmaculado, perfecto y a la vez potente como solo ellos saben... y encima siempre tocan durante más de dos horas (incluso en un festival). Es imposible no ponerse a botar cuando te tocan su celebérrima versión de “Last caress” en uno de sus bises...
Joder yo quiero ver a Metallica todos los meses.
James Hetfield, Robert Trujillo y Kirk Hammet en el apogeo del recital.
Y ahí acabó todo. Literalmente sin fuerzas ni para intentar asomarme a los simpaticones de At the Gates, y jodido porque, a última hora, ver a Machine Head no habría sido tan descabellado. Sólo quedaba salir del recinto. Y creedme, si alguna vez habéis intentado salir de un sitio en el que hay más de cincuenta mil personas tratando de salir también por dos tristes puertas, comprenderéis que el éxodo fuese casi tan agobiante como la propia espera del concierto... al final las vallas cayeron, la carretera fue asaltada y miles y miles de feligreses satisfechos caminaban hacia sus hogares con la certeza de que el Electric Festival del año que viene no va a poder igualar el nivel de éste en cuanto a grupos se refiere. Yo ya me he quitado la pulsera, ahora sólo me queda tirarme a dormir... durante una semana entera.
Foto carente de toda épica de Lars Ulrich, pero la pongo para que no se enfade conmigo.
Por cierto, una vez más, las fotos son las oficiales del festival, no están hechas por mí.