Hablando de "Viernes 13"...
el 17 feb En: Grandes personalidades del mundo (real o ficticio) Algo de cine - 3 comentarios
Jason. Nunca tenemos suficiente de él.
La octava es la buena ¿eh?
Jason. Nunca tenemos suficiente de él.
La octava es la buena ¿eh?
Interneeeeeet...

A mi es que me hizo gracia, ¿vale?
James Gunn es un tipo un tanto raro. En su curriculum como guionista figuran tanto "Scooby Doo" como "El amanecer de los muertos", por no mencionar que empezó escribiendo y dirigiendo para la Troma. Luego le dio por dirigir e hizo "Slither", que es el tipo de película que puedes esperar si metes a Nathan Fillion, Michael Rooker y Elizabeth Banks en un argumento lleno de babosas asesinas del espacio exterior. Y ahora le ha dado por el porno por internet, más o menos. Con todo esto quiero decir que James Gunn es el tío al que quiero parecerme cuando sea mayor.
El caso es que como dice no sé quien por ahí, una película con Nathan Fillion es, automaticamente, un 25% mejor. Si es un cortometraje ya no te digo, pero si su compañera de reparto es Aria Giovanni para qué queremos más.
Hala, disfrutadlo con saña. Os aseguro que os sorprenderá. Como dice la frase promocional "para aquellos a los que le gusta todo del porno, menos el sexo".
Oh,pero fijaos... aún hay otro episodio con el propio James Gunn y la adorable Sasha Grey (pronto la veremos en la próxima película de Steven Soderbergh, aunque dudo que chupe pollas en ella).
Resulta sorprendente pensar en un mundo anterior al nuestro, justito en cuanto a tecnología pero con indudable hambre de conocimiento. El mundo científico de 1761 era muy diferente al actual, la astronomía era una ciencia aún en pañales pero que trataba ávidamente de ponerse a la altura de los avances que había impulsado Isaac Newton a través de su obra "Principios matemáticos de filosofía natural". Una de las grandes cuestiones a resolver era la distancia que separaba a la Tierra del Sol y del resto de planetas del sistema solar.
Edmund Halley, que pasó a la Historia por (entre otras muchas cosas bastante más importantes) darle nombre al famoso cometa, teorizó que, si durante el paso del planeta Venus por delante del Sol, se medía el tránsito desde diferentes lugares del planeta, se podrían usar los principios matemáticos de la triangulación para averiguar la distancia entre la Tierra y el Sol y posteriormente entre los otros planetas. Halley murió sin poder demostrar su teoría ya que estos "tránsitos de Venus" son un fenómeno irregular que ocurre en parejas durante ocho años y luego no se repiten en más de un siglo. La cuestión, y el origen de este post, es lo que ocurrió en el año 1761, durante el nuevo tránsito de Venus.
Porque ésta vez la comunidad científica estaba más que preparada. De hecho, fue la primera empresa científica internacional. Numerosos científicos de todo el mundo partieron a los rincones más diversos del planeta (Siberia, China, Sudamérica, Indonesia, etc), países como Francia o Inglaterra lideraron las expediciones simultáneas, pero también colaboraron Suecia, Rusia, Alemania y otros países. Cada científico partió hacia una zona concreta con la misión de medir el tránsito de Venus por delante del Sol.
Se podría decir que fue también el primer pequeño gran desastre conjunto del mundo científico.
Empecemos por los numerosos pardillos que llegaron a su destino y abrieron sus baúles para encontrar los instrumentos completamente destrozados por los vaivenes del viaje. Esos al menos llegaron a su destino, otros tantos se quedaron a mitad de camino tratando de sortear guerras y enfermedades (estamos en el siglo XVIII por si alguien lo ha olvidado). El científico Jean Chappe atravesó toda Siberia a bordo de caballos, trineos, trenes o lo que hiciera falta, protegiendo escrupulosamente su material de medición. Cuando llegó a su destino, unas lluvias fluviales exageradamente intensas le impidieron cruzar al punto concreto donde debía realizar la medición. Imaginaos lo que pensaron los habitantes de la zona cuando le vieron utilizar sus instrumentos apuntando hacia el cielo mientras caían unas inexplicables lluvias torrenciales.... Gracias a dios, corría más que los habitantes de la zona.
No fue nada si lo comparamos con el francés Guilliame Le Gentil, que, a pesar de salir de su país con un año de antelación en dirección a la India para llegar holgado de tiempo, acabó presenciando el tránsito desde alta mar, en un barco (el peor sitio posible para la medición, lo que haría inútiles sus datos). Le Gentil, sin dejarse sucumbir por el desánimo, decidió esperarse en la India al siguiente tránsito, ocho años más tarde. Ésta vez sí, con tiempo suficiente, preparó todo lo necesario para realizar las mediciones en las mejores condiciones posibles. Cuando llegó el gran momento, el 4 de junio de 1769, Le Gentil, optimista por el buen tiempo que se advertía desde su ventana, pudo comprobar con cierto asombro como una nube solitaria se colocaba delante del Sol durante las más de tres horas que duró el acontecimiento. Con un evidente nivel de mosqueo, imagino, Le Gentil empaquetó y volvió a su país natal, pero por el camino contrajo disentería y pasó un año entero en la cama. Pasado ese tiempo embarcó, pero un huracán estuvo a punto de hacerle naufragar... al llegar a Francia, más de once años después de su partida, se encontró con que sus parientes le habían dado por muerto y se habían dedicado a gastarse todo su dinero. Menuda cara se les debió quedar al verle entrar por la puerta...
El talante colaborador que existía entre el gremio de científicos a nivel mundial no se extendía entre los políticos que acostumbraban a entrar en guerra día sí día no. Charles Mason (no confundir con Charles Manson por dios) y Jeremiah Dixon tuvieron que padecer el ataque de un barco francés mientras se encaminaban a Sumatra para realizar sus mediciones. Algo acongojados, enviaron una nota a la Real Sociedad (que se encargaba de sufragar toda la empresa) diciendo que, bueno, que habían cogido un barco y que, vaya, que el tema parecía peliagudo, y que casi mejor, si no les importaba mucho abortar la misión y tal. La Real sociedad les contestó que de qué iban, que ya habían pagado sus honorarios y que ni se les ocurriese dar marcha atrás, que una fragata llena de franceses cabreados no era motivo suficiente y que eran unos nenazas. Algo timoratos, Mason y Dixon continuaron adelante sólo para comprobar que Sumatra había sido tomada por Francia, con lo que observaron el tránsito desde algún punto del cabo de Nueva Esperanza, sin llegar a ningún dato útil. Volviendo a Inglaterra, conocieron a otro científico, Neville Maskelyne, que tampoco había podido realizar sus mediciones por culpa de las lluvias.
La historia de esta empresa podría acabar aquí, cuando la Real Sociedad se dio cuenta de que ninguna de las pocas medidas que habían podido realizarse ofrecía dato de interés alguno (al parecer algunos datos no sólo no eran compatibles sino que incluso se contradecían unos a otros)... sin embargo podríamos añadir que Mason y Dixon pasaron los siguientes cuatro años cartografiando más de 392 kilómetros de bosques en el centro de Estados Unidos cuyo resultado acabó siendo conocido como la linea Mason-Dixon que terminó por convertirse en la frontera simbólica entre los estados esclavistas y los estados libres... pero que también es el nombre del boxeador al que se enfrenta Rocky Balboa en su última película. Además Maskelyne y Mason entablaron una sólida amistad que les llevó a colaborar en la medición de una montaña situada en las highlands de Escocia central, llamada Schiehallion, cuyas dimensiones, extrapoladas en un complejo experimento de deflexión gravitatoria (sic), acabarían por dar como resultado la masa total del planeta Tierra, algo que inquietaba a los científicos de la época tanto o más que la distancia entre la Tierra y el Sol. Pero esa es otra historia.
Finalmente, durante el tránsito de 1769, un capitán de barco llamado James Cook consiguió unos datos suficientes para que, a su vuelta de cartografiar y reclamar Australia para la corona británica, el astrónomo francés Joseph Lalande estableciese la distancia entre el Sol y la Tierra en unos miserables 150 millones de kilómetros. Y ese dato sólo ha podido mejorarse en apenas unos décimales en los doscientos cuarenta años que han transcurrido desde entonces. Ahí lo llevas...

Bwuah ahaha hahaha hahahaha...
Best supervillain.
Ever.
De Teagan Presley, una de las pornstars más cotizadas de la actualidad, ya he comentado algo en un par de ocasiones. La chica comenzó en el porno allá por el 2004, explotando su interesante parecido con Britney Spears. Desde entonces, aparte de superar en belleza a Britney, y de hacerse con parte del dominio del star system de la industria pornográfica (gracias a su suculento contrato en exclusiva con la poderosa Digital Playground), Teagan aumentó por medio de implantes sus casi inexistentes pechos en varias ocasiones, hasta convertirlos en dos globos con auténtica pinta de estar a punto de explotar. Convencida por los fans, dice, ha accedido a quitarse dichos implantes (gracias a Dios), y, en un sorprendente giro de los acontecimientos, ha decidido... ¡subastarlos en ebay!

Teagan antes... y después. Unas palabras tendría yo con su cirujano plástico...
Sí amigos, sin sonrojez alguna, y con los beneficios de la subasta destinados a una fundación de ayuda al cáncer de mama, Teagan anuncia a bombo y platillo en su Myspace que puedes ser el alucinante poseedor de las prótesis mamarias que ha lucido durante sus últimas películas... La puja comienza en unos miserables 2.000 dólares y además Teagan, nos asegura, incluye un certificado de autenticidad y dos fotos suyas, una vestida y la otra empelotada. Efectivamente, ¡¡porque todos sabemos lo dificil que es conseguir fotos suyas en internet!!
Y yo que creía que ver a Corey Haim subastando su vello púbico era lo más jodido que iba a ver por ebay...
Todo sea porque las nuevas tetas de Teagan luzcan un pelín más naturales.
Al fin, damas y caballeros, después de tantos años oyéndome rajar de ésta maravilla del mundo audiovisual, por fin podéis ser testigos de su grandeza.
Pensaba rescatar el video de alguno de mis oxidados cds primerizos pre-internet, pero luego, mi astuto cerebro me ha sugerido que hiciese una búsqueda en youtube y... voila! aquí lo tenéis. En toda su setentera gloria.
Este pretende ser el preámbulo de un va-a-ser-tan-largo-que-me-da-pereza-pensarlo-post sobre "Star Wars" que llevo retrasando los dos años que este blog lleva en pie. Este fin de semana me he visto la saga entera casi non-stop y tengo ganas de empezar a recibir palos cuando me ponga a hablar de Jar Jar Binks y compañía. Avisados estáis.
Seguimos analizando la carrera de Walter Hill, justo en el punto en el que nos quedamos la última vez...
Después del batacazo en taquilla (incomprensible, aunque en el año 84 hubo unas cuantas pelis dignas de verse, todo hay que decirlo), quién sabe si para resarcirse o como modo de afianzar su estatus en la industria, Walter Hill se decidió por una comedia con Richard Pryor (garantía de éxito en esa época) que, si bien no es demasiado consistente con el resto de su obra, hay que decir que es una de las mejores películas que hizo Richard Pryor en los ochenta. ¿Casualidad? Sí, claro.
La descacharrante premisa de “El gran despilfarro” consiste en que el típico muerto de hambre adeudado hasta las orejas descubre de pronto que es el único heredero de una inmensa fortuna, sin embargo, hay una condición para disfrutar de la pasta. Si quiere 300 millones de dólares tiene que gastarse 30 en el plazo de 30 días. ¿Creéis que es fácil? La cosa está en que al cabo de esos 30 días no puede tener ningún tipo de posesión material a su nombre...
No podemos obviar la mejor parte de la película en la que el personaje de Pryor decide presentarse a alcalde. Convencido de que no saldrá elegido, presenta una campaña que se llama “Vota por Ninguno de los anteriores”... ahhh, si la vida política real fuera así de generosa. Unas gotitas de crítica social en una estupenda comedia que, si no fuera por su alto nivel de calidad no parecería dirigida por Walter Hill.
Zapatero y compañía tienen donde mirarse...
Una vez que la taquilla le dio lo suyo, y aprovechando que se había alejado un poco de las películas de acción, Hill se metió en lo que sospecho sería otra película de encargo que, debido a su gran pasión por el rock y el blues (compartida con su compositor habitual, Ry Cooder), recibió con los brazos abiertos.
“Cruce de caminos” se articula en base a una leyenda urbana según la cual, Robert Johnson vendió su alma al diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49 en Clarksdale (Misisipi), a cambio de interpretar el blues mejor que nadie. Robert Johnson, el abuelo del rock y considerado mejor bluesman de la historia y que murió a los 27 años dejando tras de sí tan solo 29 míticas canciones grabadas que sirvieron para influenciar a gran parte de la historia del Rock ‘n Roll...
La película comienza cuando el personaje de Ralph Macchio (viviendo aún de las efímeras mieles del éxito de “Karate Kid”), decide iniciar una búsqueda de una legendaria canción número 30, para lo que rescata del ostracismo de una clínica psiquiátrica a otro legendario bluesman, Willie Brown, que, al parecer también anduvo en tratos poco aconsejables con el Diablo.
Con tan sugerente premisa, Walter Hill se marca una pausada road movie a ritmo de blues que, en mi opinión renquea un poco en algunos momentos, pero que se sigue con interés durante todo su metraje... hasta que llega el salvaje climax... en el que Ralph Macchio se enfrenta al único e inimitable Steve Vai en un antológico duelo de guitarras que, sin duda, vale por toda la película (y por muchas otras).
Una escena, como digo, totalmente mítica y sin par en la historia del cine... y que a todos los metaleros y guitarreros de corazón nos hará saltar las lágrimas. Y por cierto, aunque las partes de Macchio a la guitarra están dobladas por el propio Steve Vai, el chaval reproduce con sus manos, nota por nota, todos los movimientos, acordes y arpegios de su guitarreo, por lo que el resultado es espectacular, casi, casi, sin trampa ni cartón. 
Y Ry Cooder, bluesman de corazón, en su salsa, claro.
Steve Vai, y Ralph Macchio, compitiendo por su alma en una escena que vale por filomgrafías enteras...
La película tampoco funcionó demasiado bien, así que Hill, dio por finalizada su “fase experimental” y volvió a lo que mejor sabe hacer: tipos duros y más tipos duros.
Basada en una premisa argumental de John Milius, “Traición sin límite” es una de las películas más energéticas y testosterónicas de la carrera de Walter Hill.
En ella, Nick Nolte interpreta a un ranger de Texas tan duro que parece que caga rocas, dividido entre su vieja amistad con el más famoso traficante de drogas de la zona (interpretado por Powers Boothe), el pasado amoroso de su novia con éste, y el caos y la destrucción que una panda de mercenarios superchungos comandados por Michael Ironside están sembrando en su ciudad.
Michael Ironside, haciendo amigos, como siempre...
Con algunos de los mejores tiroteos de su carrera en su peli más western sin ser western, nos encontramos una cinta con estupendos personajes, que rinde un inesperado y asombroso tributo al majestuoso final de “Grupo salvaje” de Sam Peckinpah. Las historias paralelas del grupo de mercenarios y del sheriff con problemas sentimentales forzosamente enfrentado a su antiguo amigo funcionan a la perfección, así que podemos decir tranquilamente que “Traición sin límite” es la última gran película de la primera y triunfal etapa de la carrera de Walter Hill (ese climax...).
Nick Nolte y Powers Boothe, a punto de arreglar de una vez sus diferencias. Abajo, el impresionante sarao que se monta al final...
Pequeño inciso: los subtítulos en castellano del DVD editado en España son de vergüenza ajena...
Y ya entramos en la parte confusa de la filmografía de Hill.
Para empezar, buscando un nuevo éxito comercial, se decidió por repetir la fórmula de “Límite 48 horas” y buscarse una pareja de policías con diferencias aparentemente irreconciliables.
Arnold Schwarzenegger y James Belsuhi, el primero como un inquebrantable policía ruso buscando justicia y el segundo como el típico poli chungo americano en “Danko: Calor Rojo”.
Abajo: Belushi y una joven Gina Gershon (nunca hay suficiente Gina Gershon...)
Lo cierto es que, aunque el propio Walter firmara parte del guión, y del alto presupuesto, y de la presencia de una estrella en el apogeo de su fama como era Arnie a finales de los ochenta... la película no acaba de funcionar.
Todo huele un poco a refrito y a ya visto.
No hay especial emoción en una historia que, aunque igual de simple que la de “48 horas”, no tiene ninguna chispa.
Arnie buscando amigos en la sauna...
Un paso en falso en una hasta ahora intachable filmografía, aunque, bueno, la peli se deja ver con su par de tiroteos majos marca de la casa y, sobre todo, con un prólogo ultra-gay en el que un semidesnudo Arnie se lía a tortazos en una sauna rusa con un montón de cachas semidesnudos... a Viggo Mortensen le nominaron al Oscar este año por básicamente lo mismo...
Para su siguiente película, Walter Hill recurrió a la adaptación de una novelilla negra, “Johnny el guapo”, que cuenta la típica historia de un ladronzuelo traicionado y dado por muerto que vuelve de la tumba con ansias de venganza. La particularidad es que aquí, nuestro protagonista tiene el rostro completamente desfigurado.
Mickey Rourke, antes de que el boxeo y el botox le deformaran su propia cara, interpreta al abnegado Johnny, que ve como el bueno de Forest Whitaker decide experimentar con él hasta dejarle irreconocible, por más que le joda al policía interpretado por Morgan Freeman, que trata de echarle el guante..
La peli empieza con una estupenda escena de atraco que nos hace recordar los mejores momentos del cine de Walter Hill (encima los villanos son perversamente interpretados por Lance Henriksen y Ellen Barkin), desgraciadamente, lo bueno acaba ahí, y de un cine negro estandar pasamos a una especie de remake de “El hombre elefante”, que posteriormente deriva en una película romántica para volver de forma torpe y poco emocionante a la clásica peli de venganzas que acaba en un aburrido anticlimax.
Mal, hombre, mal.
De nuevo, alternando los intentos de comercialidad con los de proyectos algo más personales, Walter Hill decide que, en lugar de copiar “Límite 48 horas” otra vez, lo mejor es continuarla, así que en 1990 agarró a Nick Nolte y a Eddie Murphy y repitió la primera parte punto por punto.
Algo más divertida que sus dos anteriores películas, pero a años luz de la primera entrega, “48 horas más” deja la impresión de que tanto el guión como la dirección están hechos en piloto automático (eso nunca es bueno) y, lo peor, también deja la sensación de un cierto cansancio artístico... suerte que esa sensación duró poco.
Entre finales y principios de los noventa, Walter Hill se asoció con sus colegas Richard Donner, Joel Silver y Robert Zemeckis para producir una serie de televisión bastante exitosa, “Tales from the crypt”, retomando el clásico esquema de historias cortas de terror y cine fantástico e inspiradas por los cómics de la editorial E.C. (Creepy, Vault of terror y la propia Tales from the crypt), dirigiendo él mismo tres episodios que, lamentablemente aún no he visto. Sin embargo, aparte de un montón de pasta, Hill también sacó algo de la serie: un antiguo guión de Robert Zemeckis y Bob Gale (los genios detrás de “Regreso al futuro” y “1941") llamado “The looters” que convertiría en su siguiente película y, gracias a dios, en su triunfal regreso a las raíces.

“El tiempo de los intrusos” es una pequeña película inspirada en gran parte en “El tesoro de Sierra Madre” que trata sobre unos bomberos que se hacen con un mapa del tesoro de un abandonado edificio que, maldita casualidad, ha sido tomado por gangsters de la zona (una panda de “niggers” comandados por, échate a temblar, Ice Cube e Ice T). Nuestros entrañables protagonistas, William Sadler y Bill Paxton, se las verán y desearán para salir con vida y/o encontrar el supuesto tesoro.
Bill Paxton en uno de sus escasos protagonistas junto a William Sadler, gran pareja.
El título original “Looters” (saqueadores) tuvo que ser cambiado por el de “Tresspass” al coincidir su estreno con la oleada de violencia que se desató en los barrios marginales de Los Angeles después del incidente Rodney King (polis apaleando a un afroamericano que resultó ser inocente).
Ice T y Ice Cube, todo va bien mientras no se pongan a cantar...
Pero aquí el tema importante es que Walter Hill recuperó la esencia y el tono de sus primeros trabajos, con una magnífica caracterización de personajes, tanto héroes como villanos, siempre atravesando escalas insondables de gris; con la música de Ry Cooder imprimiéndole esa peculiar personalidad a las imágenes y con un ritmo trepidante (parte del mérito podemos atribuirlo, como no, al montador habitual de Hill, Freeman Davies, y a un guión hábil y original, que sabe sacar partido tanto de los personajes como del escenario). Estamos, de nuevo, ante un western camuflado, en el que las lealtades de los personajes van alterándose a medida que la trama se complica y con un cierto aire a la misma atemporalidad presente en sus mejores trabajos hasta la fecha.
Hill, para fortuna y gloria de sus fans, había recuperado el talento, y eso a pesar de que la película no fue excesivamente exitosa.
Dos años más tarde, de nuevo el colega John Milius, le cedió un guión que llevaba años tratando de vender entre las productoras sin ningún éxito: una biografía del líder apache Gerónimo, que resistió durante años, con unas fuerzas reducidas, a los invasores yankis que vinieron a echarlos de su tierra.
Walter Hill consiguió el dinero para producir la película debido a que la fiebre por el western se había desatado a mediados de los noventa gracias al éxito de crítica y publíco de “Bailando con lobos” y “Sin perdón”. En los estudios de Hollywood, como prueba de su gran inteligencia, dedujeron que si esas dos películas habían triunfado no era porque fueran buenas películas, sino porque eran westerns, de forma que dieron luz verde a toda una serie de películas que, con ninguna fortuna, trataron de recuperar comercialmente a un género que llevaba casi quince años muerto y enterrado. De entre toda la mierda que produjeron en esos tres o cuatro años (fracasando todos y cada uno de los westerns producidos, incluyendo el “Wyatt Earp” del por entonces todopoderoso Kevin Costner y Lawrence Kasdan), se pudieron salvar tres o cuatro películas entre ellas, precisamente, éste “Geronimo” protagonizada por Jason Patric, Matt Damon, Gene Hackman, Robert Duvall y Wes Studi como el líder indio.
La película, por fortuna, prescinde del retrato biográfico (ya sabemos lo poco que funcionan los biopics que tratan de contarte toda una vida en dos horas), y se centra en lo que se denominó como “Las campañas de Gerónimo”, una vez que el líder indio, tras haberse entregado, se resistió a su confinamiento en una reserva india y escapó del ejército americano.
La verdad es que no guardaba excesivo buen recuerdo de esta película que vi en su estreno, sin embargo, al revisarla hace pocos días me llevé una agradable sorpresa.
“Gerónimo” es una película que empieza con una batalla épica y acaba con una conversación. Comparte con “Forajidos de leyenda” ese toque nostálgico por la época y la magnífica recreación de los personajes.
Toca, además, un tema tan complicado y de tan difícil justificación para los estadounidenses como el de la usurpación de los territorios indios, pero lo hace dando voz a los dos puntos de vista. Tanto los personajes de Gene Hackman, el noble general que admira y respeta el espíritu luchador de Gerónimo, como el de Jason Patric, militar conocedor de la cultura apache y defensor de sus derechos, se contraponen sin recursos facilones al del xenófobo pero entrañable Robert Duvall, veterano cazador de indios americanos. A esto contribuye la acertada decisión de que el narrador de la historia sea un novato Matt Damon, un elemento neutral entre ambos puntos de vista, y que el propio Gerónimo, a pesar de no ser el protagonista absoluto, sea siempre el centro de atención de la historia.
Y es que un personaje tan complejo se nos presenta de forma que podamos entender sus motivaciones, aunque no necesariamente justificándolas, sino compartiendo su versión de la historia (al fin y al cabo, Gerónimo asesinó y sembró el terror durante años entre los “vaqueros”).
En fin, que una película que tiende tanto al anticlimax (a pesar de un par de grandes tiroteos) y que no ofrece buenos ni malos (a pesar de no dejar de ser una película de indios y vaqueros) es obvio que no podía satisfacer de ninguna manera al gran público (qué coño, yo mismo no supe apreciarla, claro que en mi defensa diré que tenía dieciséis años cuando la vi y era mucho mas tonto y feo de lo soy ahora). No obstante, estoy segurísimo de que John Milius se quedó igual de satisfecho que con “Traición sin límite”.
Al año siguiente, Walter Hill decidió que debía aprovechar la moda del western mientras durase, y meterse en otro retrato de otra de esas leyendas del salvaje oeste: Wild Bill Hickock, y vaya si lo hizo.
“Wild Bill” es en mi opinión una de las más introspectivas y no por ello menos trepidantes películas de Hill. El comienzo, con un Jeff Bridges bordado, recreando algunas de las más famosas hazañas de Wild Bill es ciertamente impresionante, pero cuando la película se asienta y entra en escena el inquietante David Arquette como el hombre que pretende matar a nuestro protagonista, la película no pierde fuelle.
“Wild Bill” forma una perfecta trilogía con “Forajidos de leyenda” y “Gerónimo”, tanto en temas, géneros y personajes, como en el estilo visual, aunque cada una de las tres tienen su propia personalidad (“Forajidos...” es claramente deudora de Peckinpah, mientras que“Geronimo” es más John Ford), no hay duda de que el tono nostálgico de las tres las hermana más allá de la caracterización de icónicos personajes del western tradicional.
Calamity Jane, espléndidamente interpretada por Ellen Barkin.
Es curioso como todas ellas, y “Wild Bill” en particular, consiguen ser desmitificadoras y realistas, y, al mismo tiempo, contener un aire mitológico-nostálgico.
En el caso que nos ocupa, el hábil guión de Walter Hill nos sitúa bajo la mirada de un escritor inglés (interpretado por John Hurt), lo que sirve para humanizar el carácter legendario de Wild Bill y aproximarnos a él desde una imagen algo más cercana. Y no olvidemos las excelentes interpretaciones de Ellen Barkin y el propio Jeff Bridges...
Pero hablando de tanta introspección no quiero olvidarme de las alucinantes secuencias de acción, que las hay. Y es que con los años, Walter Hill se ha ido convirtiendo en un experto en el arte de mezclar su género favorito (y el nuestro), con el retrato intimista de los personajes.

Y si creéis que exagero, esperad a ver “El último hombre”, con un Bruce Willis desbocado en su enésimo papel de tipo duro... si hay alguna película que merezca el calificativo de “cine de arte y ensayo... de acción” es esta “Last man standing”, versión del “Yojimbo” de Kurosawa, en la que también se basó Sergio Leone para su “Por un puñado de dólares” (de la que también bebe lo suyo ésta versión), plagios todas ellas de la novela “Cosecha roja” de Dasshiel Hammett.
Hill decide ambientar su película en la América de la ley seca, muy cercana al western, pero sustituyendo los caballos por toscos automóviles y los revólveres por pistolas automáticas. ¿He dicho ya lo bien que le sienta a Bruce Willis el cine de Walter Hill?
“El último hombre” camina siempre a un paso del cine de acción más puro... sólo que es demasiado lenta. Los tiroteos son realmente impresionantes, pero son pocos y duran menos aún. ¿Falla entonces la película? ¡Norl! Porque la atmósfera lo es todo amigos, y de eso hay toneladas aquí.
La película no ofrece ninguna concesión al espectáculo fácil, nos cuenta la sencilla historia de un hombre en medio de una guerra de gangsters en un olvidado pueblo en mitad de la nada, y lo hace desde el punto de vista del guerrero que no sirve a ningún amo... un punto de vista muy japonés, que entronca directamente con el “conductor” interpretado por Ryan O’Neal en aquella gran película de la que hablamos al principio del interminable artículo.
Bruce Willis vaciando dos automáticas a la vez. Imposible ser más molón.
“El último hombre” es cine de autor al 100% (y eso que odio ese término). Y también sería, desgraciadamente, el canto del cisne de la carrera de Walter Hill. ¿O no? Seguid leyendo si queréis averiguarlo, bwuaha ha ha ha...
Si sois conocedores de la carrera de Walter Hill habréis notado que he pasado por alto la que estuvo a punto de ser su tercera película. En 1979, estuvo en un tris de dirigir “Alien”, de la que finalmente fue productor junto a sus socios David Giler y Gordon Carroll.
En algunas entrevistas, Hill ha dejado caer de forma no especialmente sutíl lo poco que le gusta el cine de ciencia-ficción, y es más que curioso que, participando como guionista (o argumentista más bien) en “Aliens” (la segunda parte), ésta tenga un aspecto nada disimulado de western... Todo esto viene a decir que estoy seguro de que el propio Hill sabía desde el principio que rodar “Supernova” era una decisión equivocada... y es que tras pelearse arduamente con los productores por el montaje final, Hill huyó del proyecto y la película se estrenó firmada con el seudónimo de Thomas Lee. Ahora, ¿hay en “Supernova” rastros del cine de Walter Hill...?
Pues la verdad, no, tirando a ninguno en absoluto...
Pero seamos honestos, la película no es el despropósito que yo me esperaba. Sus escasos ochenta minutos entretienen y no tiene nada que haga de ella una horrenda película. En alguna otra entrevista, Hill mencionaba que su obejtivo era llevar este relato de ciencia-ficción al terreno de lo realista (algo en lo que también fracasó De Palma con "Misión a Marte"), y que de todas sus aportaciones, la única que se mantenía era la personalidad del personaje de James Spader, lo cual es cierto: su hieratismo y sobriedad le relacionan estrechamente con muchos de los principales personajes de su filmografía.
James Spader molaría como protagonista de un hipotético remake de "Driver"...
El trabajo de cámara es también radicalmente diferente, pero claro, tampoco podemos saber dónde empezó y acabó su trabajo y dónde empezó y acabó el de Francis Ford Coppola y/o el de William Malone, los otros dos directores que fueron necesarios para darle la forma definitiva a esta "Supernova" que, bien pensado, tiene mucho mucho en común con "Sunshine": ese en un principio aparente tono realista (bueno), que acaba convertido en una simple película de "asesino cargándose peña" (malo).
Y además, no hay ninguna manera de que esta historia hubiese podido convertirse en un western...
Robin Tunney y Angela Basset, el de en medio mejor no preguntéis quién es...
En el lado positivo destacar también las tetas de Robin Tunney, pues éste es un blog siempre didáctico e informativo en lo que a pechos femeninos se refiere.
Después de la amarga experiencia con la ciencia-ficción, Hill filmaría “Invicto”, drama carcelario con Wesley Snipes y Ving Rhames inspirado en la estancia entre rejas de Mike Tyson... sí, porque la película trata de un campeón de los pesos pesados encerrado en prisión que acepta un combate clandestino con otro presidiario.
Pese a lo que pueda parecer, "Invicto" no es una peli alimenticia, de hecho, está escrita y producida por el propio Hill junto a su socio de siempre David Giler y es que, contra todo pronóstico "Invicto" mola un montón.
En una mezcla asombrosamente equilibrada de géneros (cine carcelario y cine de boxeo), Hill reparte al 50 % el protagonismo de la cinta, haciendo que tanto el campeón caído en desgracia interpretado por Ving Rhames, como el gran boxeador condenado a cadena perpetua que hace Wesley Snipes naveguen por esas aguas turbulentas de lo humano y lo divno, del bien y del mal, y de lo correcto e incorrecto. No hay buenos ni malos, como mucho gente que te cae bien y gente que cae peor.
Peter Falk, viajo mafioso aficionado al boxeo, es quien monta todo el fregado. Uno de los mejores papeles de su carrera.
Lo cierto es que no sé cuál de los dos películas funciona mejor, si el drama carcelario, ejemplar en su clásica recreación del microcosmos y la lucha de clases que conforman una penitenciaría, o la película de boxeo, con una pelea final digna de las mejores secuelas de "Rocky" y que nos recuerdan en algunos momentos a los lejanos mamporros que repartía Charles Bronson en "El luchador".
Como es obvio, una buena peli sobre gente encerrada en prisión sólo funciona si tienes un buen plantel de secundarios, de donde destacan un Wes Studi en las antípodas de "Gerónimo", un simpático Michael Rooker, un patetiquillo Fisher Stevens (pensar que este hombre compartía cama en una época con Michelle Pfeiffer hace que te cuestiones el órden del universo) y sobre todo, un tremendísimo Peter Falk, quien tiene a cargo un par de las escenas más alucinantes de su carrera, en dos secuencias consecutivas donde se despacha con dos monologazos a la altura de su grandeza, el primero casi me desmonta la mándíbula de la risa al acumular 21 "fucking" (o "fuck") en un sólo minuto de monólogo (..."my fucking wife and my fucking asthma")...
Ving Rhames y Wesley Snipes, frente a frente. Si traemos a Nick Nolte ya nos cagamos...
Quizá lo más llamativo sea el estilo de montaje, algo más acelerado de lo que nos acustambran las películas de Walter, alternando secuencias en blanco y negro con el color, y que, especialmente en su primer tercio le dan mucho ritmo a la película. ¿Hill queriendo adaptarse al signo de los tiempos? Para nada, porque ese tipo de montaje sincopado (de nuevo Freeman Davies, fiel cual perro lazarillo) ya estaba presente en "The Warriors" o en "Calles de fuego" (si bien de una manera un poco mas anecdótica).
Total, que "Invicto" cumple de sobra, especialmente en sus momentos pugilísticos y no creo que ningún fan de pura cepa de Walter Hill se sienta defraudado.
No es lo mejor de su cine, pero tampoco, ni muchísimo menos, lo peor.
A la pregunta de por qué Wesley Snipes se enterró a sí mismo en pelis de acción directas a dvd mucho antes de que su carrera le obligase a ello, ni Walter Hill ni yo sabemos responderos nada... Quizá siempre le tuvo envidia a Dolph Lundgren.
Llegados a este punto... he de reconocer que lo primero que hice una vez me decidií a escribir este artículo, fue ir a imdb a mirar qué es lo que había hecho Walter Hill despues de "Invicto"...
Como en muchos casos de directores de los años setenta y ochenta, Hill se ha dedicado estos últimos años a la televisión. Después de una tv movie de la que no he conseguido encontrar ni un solo dato llamada "The prophecy", Hill dirigió el episodio piloto de la aclamada serie "Deadwood", por lo cual recibió un premio Emmy, que no es un Oscar pero se le parece mucho. También reconozco que no he visto este episodio por miedo a engancharme a una nueva serie (aunque al final sólo sean tres temporadas de nada), hasta ese punto llega mi compulsión. El caso es que sólo he oído cosas buenas de esta serie que, imagino, tiene mucho en común con "Wild Bill" (Deadwood es la ciudad donde transcurre gran parte de la película).
Tras este intermedio televisivo, Walter Hill dirigió en el año 2006 la que, para mi sorpresa, fue considerada como una de las mejores películas del año. Solo que no era una película, era una miniserie para teleivisón llamada "Los protectores" ("Broken trial"), protagonizada por Robert Duvall y Thomas Haden Church. Para más inri, está editada en dvd en España, así que hacerme con ella no fue demasiado complicado.
"Los protectores" podría servirnos para , una vez más, meternos en un interminable debate sobre si la calidad de la televisión americana supera ampliamente a la de su cine. La cuestión es que, por unos motivos o por otros, se están viendo series y películas cuya creatividad y capacidad de riesgo está a años luz de la timorata industria cinematográfica. Quizá, entonces, sea lo mejor para directores como Walter Hill, refugiarse en la libertad que les ofrece el medio televisivo.
"Los protectores" es un nuevo western, épico en escala y duración (tres horitas) que cuenta la historia de dos vaqueros que cruzan gran parte del Oeste con una manada de quinientos caballos. Es el primer western de Hill que no se basa en personajes reales ni mitológicos, por lo que el tono es considerablemente más amable que en su trilogía anterior. Pero amable no significa peor. Y es que parece que Walter Hill se encuentra comodísimo rodeado de hombres con sombrero de ala ancha y caballos por doquier. Thomas Haden Church interpreta con convicción al clásico héroe de petrea mirada y escasas palabras del cine de Hill. Es precisamente en este ambiente tan típico del western donde la aparición en la trama de cinco mujeres chinas prestas para venderse como esclavas otorgan a la película un barniz novedoso.
El paisaje, alucinantemente fotografiado, se convierte en un protagonista más, y el ritmo, muy pausado, permite profundizar bastante en los muchos personajes que pueblan este homenaje al cine de género más clásico. Aquellos que no tengan problemas en sumergirse en una narración lenta y, en ocasiones, algo contemplativa, pero siempre interesante, podrán apreciar esta pequeña joya en toda su magnitud. Por supuesto, tratándose de una película de género, no puede faltar una buena dósis de tiroteos, que, como siempre, están a la altura de las expectativas.
"Los protectores" es una película digna de un maestro en el cénit de su creatividad en la que se aprecia la pasión por narrar y el amor por la historia narrada. Un pequeño clásico, que, de haberse estrenado en cines, quizá habría tenido una mayor proyección internacional, aunque eso sí, en EEUU tuvo en exito considerable, llegando a ganar los Emmys de mejor miniserie (Walter Hill como productor se llevó su segundo premio), Actor (Robert Duvall), Actor secundario (Thomas Haden Church) y casting (sí, dan un premio al mejor casting, yo también he flipado). Además Hill ganó el codiciado premio al mejor director televisivo de la DGA (Director's guild of America).
Puede, y ojalá no me equivoque, que precisamente este éxito de crítica y público, facilite el regreso de Hill a la gran pantalla (en algún punto surgió el rumor de que iba a encargarse de dirigir la secuela de "Punisher"...). Entre esto y el remake de "The Warriors" quizá algún productor recuerde que, si el cine de acción alguna vez llegó a ser tomado en serio, fue gracias a la obra de Walter Hill y alguno de sus contemporáneos.
Y si no es así, siempre nos quedará Tom Cody marchándose mientras Ellen Aim canta "Tonight is what it means to be young...".